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Tongguo confirma las palabras de su hermano y añade que además del placer que le proporciona este trabajo artístico, lo que más le gusta es el poder viajar de un sitio a otro. Se ha recorrido toda China cargado con sus utensilios para fabricar animales de caramelo, lo que le proporciona una libertad única. “He viajado por todo el país sin gastarme nada”, dice complacido.

Sin embargo, aunque pasan largas temporadas en Beijing, de vez en cuando vuelven a su pueblo natal, donde les esperan sus esposas e hijos. Tongguo tiene un hijo y Tongsheng un niño y una niña. Durante la época de vendimia, regresan para ayudar en el campo y, de paso, descansar de la vida en la ciudad. A veces, sus esposas e hijos los visitan en Beijing, ya que la mejora en las carreteras y en los medios de transporte les han dado la libertad de movimiento que no gozaron sus abuelos.

Los Wang comparten una choza de madera de unos nueve metros cuadrados a las afueras de Beijing con otros dos hombres caramelo de su localidad natal. Suelen comer en puestos callejeros sin prestar demasiada atención a la nutrición y mucha a lo que pueden enviar a sus familiares. “Suelo llevarles más de diez mil yuanes al año, eso es mucho para un campesino”, dice Tongsheng muy contento. No fuma ni bebe, y pasa con un sueldo de 300 yuanes mensuales.

 

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Los últimos hombres caramelo
Cuando el azúcar hirviendo se espesa, saca una buena cucharada y la convierte en una elipse hueca. En una esquina aparece una especie de cola larga en la que hay un fino canuto por donde sopla, volteándolo y girándolo hasta darle la forma deseada. En menos de un minuto, el caramelo se convierte en un bello y divertido animal.
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