Los cuatro hermanos Wang y su padre abandonaron su hogar, el poblado de Wangjiacun en Dezhou, dirección a Tianjin, centro artesano, a mediados de la década de 1970. Después de aprender durante varios meses con su padre, cada hermano comenzó a vender animales caramelizados por su propia cuenta.
Wang Tongguo no siempre quería aprender y perfeccionarse en la técnica del caramelo soplado. “Pensaba que si hacía este trabajo la gente de la ciudad me miraría mal y me degradaría, además también era un tanto torpe, me costaba aprender, lo que me hacía desistir”, confiesa Wang. Su hermano mayor, Tongsheng, por el contrario, aceptó este oficio como su trabajo principal. Durante años, ambos han hecho de esta ocupación su modo de vida y han terminado amándolo con intensidad.
Tras más de diez años en Tianjin, Wang Tongsheng y Wang Tongguo decidieron ir a Beijing, donde hay un mayor mercado, un mejor nivel de vida y mejores expectativas para un artesano del caramelo. Los otros dos hermanos Wang se quedaron en Tianjin, y más tarde entraron en el negocio de las piezas de recambio de automóviles. “El arte no da dinero, pues vender caramelo solo da para cubrir los gastos básicos. Nuestros dos hermanos tienen más dinero que nosotros, pero yo soy feliz con lo que hago. No hay palabras para describir la alegría que siento cuando descubro un método para realizar un nuevo animal de caramelo soplado”, afirma Tongsheng.