
Lejos del odio y el rencor, con el retorno a la democracia, en 1985, Mujica fue liberado y junto a sus compañeros "tupamaros" aceptó reinsertarse en la institucionalidad.
Mujica supo recorrer barrios marginales y pequeños poblados rurales donde antes la izquierda era rechazada y prevalecían los tradicionales PN y el Partido Colorado (PC).
El modelo de presidente para Mujica es el brasileño Luis Inácio Lula Da Silva, a quien visitó en el inicio de la campaña.
Pese a que sus detractores lo quieren vincular, Mujica no se siente identificado con el estilo del venezolano Hugo Chávez aunque lo respeta.
Anunció que de llegar a la primera magistratura donará la mayor parte del sueldo y seguirá viviendo en su austera granja, en las afueras de Montevideo.
En esa modesta vivienda, donde recibe a líderes políticos y periodistas, Mujica planta flores junto a su esposa, la senadora Lucía Topolansky, también ex guerrillera.
Sin hijos, el candidato del FA tiene una relación sentimental con Topolansky desde 1967 pero se casó con ella recién en 2005.
Reconoce que no tiene tiempo libre pero aclara que cuando puede se sube "al tractor y recorro el campo. Es mi forma de desconectarme y de recuperar fuerzas".
Conocedor de los prejuicios de la sociedad uruguaya, el candidato izquierdista sabía que hasta hace algunos años era impensable que un ex guerrillero se colocara la banda de presidente.
"Tenemos que pensar", reclamó, que "el mundo está cambiando porque hay un negro en el gobierno de Estados Unidos (Barack Obama), porque está Lula en Brasil, porque hay un Evo (Morales) en Bolivia".