Cuando los menores toman la siesta del mediodía, Liu Jianhua, un hombre de 40 años, trapea el piso del aula de su hijo y limpia los juguetes. Su trabajo es voluntario. Cuando él no está presente, lo reemplaza su esposa. El niño nunca está solo.
"Ahora, de vez en cuando mi hijo me da un abrazo espontáneo. Eso me alegra mucho, porque antes de ingresar en esta escuela simplemente me trataba como a uno más", dice. Liu Shuai, su pequeño de cinco años, no habla y requiere de compañía y cuidado permanentes.
Generalmente, a diferencia de los niños con un desarrollo ‘normal’, los autistas muestran desapego emocional hacia sus padres y rara vez muestran afecto.
Sin embargo, esto no ha afectado para nada el amor que Liu Jianhua siente por su vástago. “Lo que más me preocupa es el futuro de mi muchacho, especialmente cuando su madre y yo ya no estemos para acompañarlo. ¿Quién lo va a cuidar entonces?”, se pregunta.
El espinoso tema también da vueltas en la cabeza de Zhong Xueping, quien espera a Zhong Chuangli, su hijo de cuatro años, a la puerta del aula, mientras éste, indiferente a las instrucciones del profesor, agita sus manos arrítmicamente. "Yo ni siquiera me atrevo a pensar en eso", confiesa.