Al enamorarnos por primera vez, la timidez nos cortaba las palabras, pero con un pañuelo podíamos expresar lo que sentíamos de verdad por la otra persona. En los días de ausencia, los pañuelos nos hacían recordar al otro, secaban nuestras lágrimas, como si fueran su propia compañía, haciendo de la distancia algo agridulce.
En la edad de la imagen, un pañuelo era un elemento de adorno para las jóvenes que querían tener buen aspecto. Sus cabellos recogidos con un pañuelo atraían las miradas y en el tocador, colgados en las paredes o doblados en distintas formas, daban un aire romántico.
Aunque los pañuelos eran baratos, nos han acompañado ha través de los años. Al encontrar un pañuelo guardado durante largo tiempo, uno puede recordar aquellas palabras escondidas, rememorar los momentos felices y las tristezas. O incluso recordar cómo te sentías cuando lo compraste. Los pañuelos fueron testigos del crecimiento emocional de toda una generación.
Hoy en día, se utilizan pañuelos desechables, que se tiran tras ser usados, sin que puedan guardar nuestras memorias del pasado o nuestros sentimientos; son simples y superficiales.
Aunque los pañuelos van desapareciendo de nuestra vista, aun así, mucha gente sigue utilizando pañuelos de tela y guardando en ellos sus recuerdos, junto a los de su niñez y juventud. Desaparecen los pañuelos, pero los recuerdos que nos traían se mantienen vivos en nuestras mentes.