“Tira el pañuelo, tira el pañuelo, pónselo detrás a nuestros amigos en silencio, no se lo diremos, rápido, atrápala rápido, y rápido, atrápala”. Al cantar de nuevo esta cancioncilla infantil china, la alegre música es como un pincel mágico que a forma a la borrosa memoria que empezaba a desvanecerse y que vuelve cobraz viveza de nuevo.
El pasado es como una pintura sobre un rollo de papel, que se va desplegando lentamente en la mente. En la pintura, contemplamos a los compañeros que jugaban a ‘atrapa el pañuelo’ con nosotros cuando éramos niños. Vemos los pañuelos agitarse en nuestras manos, pequeñas y hermosas. Un pañuelo es sólo un trozo de tela coloreada. Algunos más grandes, otros más pequeños. Algunos lisos, otros estampados con toda clase de adornos, finos o gruesos. Han llevado alegría y entregado mensajes de amor entre los amantes.
Cuando éramos jóvenes, después de vestirnos, nuestra madre siempre doblaba un pañuelo limpio en una tira y lo ponía a la izquierda de nuestra ropa. El pañuelo se usaba para secar las lágrimas, el sudor al jugar, para limpiarse la boca al comer o la cara cuando se ensuciaba.
A veces, los pañuelos podían ser el mejor juguete. Podía plegarse para formar figuras de animales o convertirse en un sombrero atando sus esquinas. Los pañuelos eran como un amigo que nos acompañaba en cada día de nuestra niñez hasta la adolescencia.