El restaurante “Palacio Imperial”, abierto el 8 de agosto en la Ciudad Prohibida de Beijing, fue objeto de duras críticas por parte de numerosos internautas debido al precio excesivamente alto, 30 yuanes, de un tazón de tallarines.
El propietario del restaurante indicó que el precio incluye factores como el entorno cultural y el costo.
Hace poco, algunos visitantes descubrieron que el restaurante había cerrado sus puertas tras apenas una semana en funcionamiento. Los trabajadores aclaran que el periodo de apertura anterior fue sólo experimental.
Los airados consumidores opinan que algunas personas utilizan el monumento, declarado Patrimonio Mundial, como medio para enriquecerse, lo cual da lugar a una “cultura falsa procuradora de beneficios monopolistas, so pretexto de fomentar la cultura”.
La atención que despertaron los tallarines del Palacio Imperial no sólo se debe a que el restaurante abrió en el lugar más turístico de China, sino también a que una tienda de la cadena de cafeterías Starbucks había sido clausurada en este sitio por ser considerada una “invasión cultural”.
La expulsión de Starbucks se debió a tres razones: primera, se trataba de una empresa extranjera; segunda, vendían productos incompatibles con un lugar elegante y majestuoso y, tercera, era demasiado caro.
Sin embargo, los tallarines, que vinieron a sustituir al café, tampoco han ganado buena acogida debido a su alto precio, aunque no son extranjeros. ¿Qué pasaría si se vendieran allí productos chinos como el té o la leche de soja? ¿La Ciudad Prohibida realmente necesita un restaurante?
En Taiwán, cerca de la entrada del Museo Nacional del Palacio, en Taipei, se ha abierto un restaurante de alta categoría, administrado por un hotel de cinco estrellas, donde se sirven comidas a precios muy elevados.
“He llevado con frecuencia a amigos provenientes de la parte continental para comer allí y casi todos ellos sostienen que comer en ese restaurante es un goce artístico”, cuenta un periodista de la isla.
El restaurante, construido en su conjunto con materiales vidriados, se ve como una pieza artística. Los platos, en forma de famosas reliquias culturales como col de jade y joyas de carne, son muy exquisitos. No obstante, algunos dudan de que esto sea realmente cultura.
“En realidad, los consumidores no sólo gastan el dinero, sino que, además, reciben una impresión de carácter cultural. Sólo aquello que nos llega al alma, que toca nuestra parte espiritual e intelectual, puede dejar un recuerdo inolvidable”.