
Muchas habitaciones aún cerradas son almacenes, lugares de estudio de los citados investigadores de la China imperial o zonas aún no restauradas por el museo, que desde hace años se encuentra en un delicado y largo proceso de renovación que durará dos décadas.
Con la política de aperturismo, los administradores del monumento quieren también ganarse de nuevo el afecto de los beijingneses, tras un año 2011 repleto de críticas a la gestión del palacio-museo por varios incidentes, entre ellos un robo de piezas de una exposición o la rotura accidental de una valiosa porcelana imperial, incidente este último que se intentó ocultar.
El Palacio Imperial fue durante casi 500 años la residencia de los emperadores chinos y muchas de sus áreas estuvieron prohibidas para los ciudadanos de a pie -afrontaban la pena de muerte si osaban intentarlo- hasta 1925, cuando el último emperador chino, Pu Yi, fue expulsado (14 años después de que el país instaurara la república).
Emplazada justo al norte de la no menos famosa Plaza de Tiananmen, la Ciudad Prohibida está incluida en la lista de Patrimonio Mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) desde 1987.