
Las arboledas de Dunhuang se han reducido un 40 por ciento, los prados un 62 por ciento y los humedales un 68 por ciento en las últimas seis décadas, según las estadísticas oficiales. Los oasis ahora sólo cubren un 4,5 por ciento del área de la ciudad (30 mil kilómetros cuadrados), cinco veces más extensa que Shanghái, según los datos oficiales.
“El aumento de la población y el uso masivo de de tierras han consumido demasiada agua en las décadas anteriores”, afirma Chen. “El agua se ha convertido ahora en el principal escollo para el desarrollo de la ciudad”.
La desertificación también amenaza los milenarios frescos budistas de las cuevas de Mogao, advirtió el ministro. Para salvar esta histórica ciudad de la sequedad, el Consejo de Estado aprobó en junio un plan a 10 años para conservar el oasis.
El plan, que se puso en marcha en julio y tendrá un coste de 4.700 millones de yuanes (730 millones de dólares), incluye la construcción de canales que lleven agua hacia el interior desde fuentes externas, promocionando las tecnologías y métodos de conservación eficiente del agua y racionando su uso, además de plantar más árboles y plantas de humedales.
Ma Jun, director del Instituto de Asuntos Públicos y Medioambientales, una ONG con sede en Pekín, afirmó el domingo que la puesta en marcha de un sistema de conservación de agua era una necesidad urgente para evitar que la ciudad desaparezca en el desierto. “Ya que la economía local depende del sector agrícola, que consume agua, el plan pone el acento sobre los sistemas de irrigación que ahorran agua”, afirma. “Pero la contaminación hidrológica, impulsada por el desarrollo industrial creciente, deberían tomarse en cuenta en el futuro, ya que la contaminación es otra forma de malgastar agua limpia”, añade Ma.