| spanish.china.org.cn | 06. 08. 2026 | Editor:Teresa Zheng | ![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
[A A A] |
Las tensiones diplomáticas entre EE. UU. y Brasil ponen de manifiesto la anticuada mentalidad de «patio trasero» de Washington
EE. UU. fue el primer país en reconocer la independencia de Brasil en 1822. Más de 200 años después, parece que Washington aún no ha comprendido del todo lo que significa «reconocer» la «independencia» de un país.
Los titulares en todo el continente americano han estado dominados por las tensiones diplomáticas entre EE. UU. y Brasil durante las últimas semanas. El martes, hora local, EE. UU. revocó el visado de la embajadora brasileña en Washington, lo que llevó la escalada de la disputa diplomática a un nuevo punto álgido.
Aunque EE. UU. alegó que se trataba de una «medida recíproca» tras el retraso de Brasil en la aprobación del candidato a embajador estadounidense, Danny Pérez, no se trata simplemente de un desacuerdo de procedimiento, sino de una disputa sobre la soberanía nacional.
Desde julio, EE. UU. ha impuesto un arancel del 25 % a las importaciones brasileñas por supuestas «prácticas comerciales desleales», ha añadido otro arancel del 12,5 % relacionado con el trabajo forzoso en los productos brasileños y ha intentado enviar funcionarios a Brasil para cuestionar la «imparcialidad e integridad» del sistema electoral del país.
«Las tensiones actuales entre EE. UU. y Brasil no son simplemente una disputa diplomática de represalias, sino que reflejan el intento de Washington de utilizar la presión económica y la influencia diplomática para influir en el proceso electoral de otro país», señaló Jiang Shixue, profesor del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Shanghai.
El énfasis del Gobierno de izquierdas brasileño en el antihegemonismo y en un enfoque de política exterior independiente contrasta con la agenda de «America First» que persigue Washington, afirmó Jiang. A medida que se acercan las elecciones presidenciales de octubre en Brasil, el intento de EE. UU. de ejercer influencia a través de medios económicos y diplomáticos ha puesto de manifiesto su mentalidad hegemónica de larga data de interferir en los asuntos internos de otros países. Tales acciones constituyen una violación de la soberanía nacional y van en contra del principio internacional de no injerencia en los asuntos internos.
En última instancia, la disputa diplomática representa un choque directo entre la búsqueda de autonomía estratégica por parte de Brasil y la mentalidad profundamente arraigada de EE. UU. de considerar a Brasil como su «patio trasero». En un sentido más amplio, refleja una tensión estructural entre el creciente deseo de autonomía de los países del Sur Global y el intento de EE. UU. de preservar su tradicional esfera de influencia hegemónica.
Esto no es nada nuevo en las relaciones de EE. UU. con América Latina. Desde la Doctrina Monroe a principios del siglo XIX, Washington ha considerado durante mucho tiempo que las Américas son su propia esfera de influencia. Desde la intervención militar directa en el pasado hasta los aranceles, las sanciones, las restricciones de visados y la presión diplomática en la actualidad, EE. UU. sigue asumiendo que tiene derecho a influir en las decisiones políticas de otras naciones de la región.
Sin embargo, el siglo XXI ya no es el mundo que era antes.
Brasil ha adoptado una serie de medidas en respuesta: ha solicitado consultas ante la OMC sobre los aranceles estadounidenses, ha denegado la entrada a funcionarios estadounidenses por temores de injerencia electoral, ha retenido la aprobación formal del candidato a embajador de EE. UU. por haber infringido las normas diplomáticas al no solicitar el consentimiento previo de Brasil, y ha emitido un comunicado para condenar enérgicamente la acción de EE. UU. como parte de una campaña deliberada para influir en las elecciones. Brasil ha demostrado cómo un país del Sur Global puede defender su soberanía y perseguir un desarrollo independiente utilizando las herramientas diplomáticas legítimas disponibles en el marco del orden internacional moderno.
El tamaño de un país o la fortaleza de su economía no determinan el grado de soberanía que posee. La creciente cooperación de Brasil con otros miembros del BRICS y con países del Sur Global refleja una tendencia cada vez más evidente: las naciones desean una mayor autonomía a la hora de tomar sus propias decisiones dentro del sistema internacional, en lugar de que fuerzas externas les dicten sus vías de desarrollo.
El lema «Brasil para los brasileños» está eclipsando gradualmente el esfuerzo promovido desde hace décadas por Washington de que «las Américas sean para América». Principios como la igualdad soberana, el multilateralismo y el derecho de las naciones a elegir sus propias vías se han convertido en normas ampliamente reconocidas, especialmente entre los países del Sur Global.
Puede que el péndulo político en América Latina siga oscilando, pero hay un principio que permanece constante: independientemente de la orientación política, la protección de la soberanía nacional, la seguridad y los intereses de desarrollo constituyen el núcleo de la política exterior de todos los países. Estados Unidos debe reconocer que el mundo ha cambiado. Los países del Sur Global ya no son receptores pasivos ni de la coacción económica ni de la injerencia política. Ahora buscan el respeto a su independencia, su soberanía y su derecho a tomar sus propias decisiones, y cuentan con un conjunto de herramientas actualizado y diverso para salvaguardar estos principios.














