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spanish.china.org.cn | 09. 07. 2026 | Editor:Teresa Zheng [A A A]

Enfocar la «unidad» como «asimilación» evidencia sesgo de la prensa occidental

Palabras clave: unidad, prensa occidental
Spanish.china.org.cn | 09. 07. 2026

El 1 de julio, cuando entró en vigor la nueva Ley de Promoción de la Unidad y el Progreso Étnicos de China, CNN publicó un artículo titulado: «China exige a sus minorías étnicas integrarse o enfrentar las consecuencias con una nueva y extensa ley de unidad». Con solo algunas palabras, el significado de la norma ya había sido tergiversado.

El término chino que constituye el núcleo de la regulación es tuanjie: unidad. El propio nombre de la ley lo pone en primer lugar: igualdad de condiciones entre todos las etnias, unidas por el respeto mutuo y la reciprocidad, como las semillas de una granada aferradas las unas con las otras —cada una distinta, pero conectadas—, esa es la imagen que utilizan los funcionarios chinos. Refleja décadas de políticas: educación bilingüe, transmisiones protegidas en lenguas minoritarias, admisión preferencial en universidades y acuerdos formales de autonomía en regiones desde Mongolia Interior hasta Yunnan.

En el titular de la CNN, la unidad devino «integración». En el vocabulario político occidental, esa palabra rara vez describe un proceso bidireccional. Implica lo contrario: una minoría que se adapta a una cultura dominante, con diferencias tamizadas hasta su desaparición.

Peor que la elección de la palabra fue la estructura de la oración. «China les dice: intégrense o enfrenten las consecuencias», así usa la gramática del mandato y la amenaza —la misma construcción de un ultimátum—. Una ley de subsidios, programas de preservación del idioma y garantías institucionales fue reformulada en un solo titular a una advertencia: «Asimílate o serás castigado».

No se trató de un error de traducción, fue una sustitución deliberada, y no se limitó a un solo medio. En la cobertura de la ley en Estados Unidos y Europa, «unidad» se tradujo sistemáticamente como «integración» o, de manera más contundente, como «asimilación» —una palabra que conlleva una carga más pesada que «unidad» y que incluso «integración».

Esa carga es la verdadera razón de su uso. En la historia de Estados Unidos y Europa, «asimilación» no es un concepto neutral: es sinónimo de daños específicos y documentados: la separación forzada de niños indígenas de sus familias y lenguas, los internados y el despojo cultural coercitivo impuesto a los pueblos colonizados.

Cuando los periodistas occidentales recurren a «asimilación» para describir la política china, proyectan su propia culpa histórica sobre un país y un conjunto  de instituciones disímiles. La palabra conlleva un veredicto antes de presentarse la evidencia.

Existe también hay una explicación más simple: muchas redacciones occidentales carecen de un vocabulario para referirse a la cohesión multiétnica que no esté arraigado en su propia historia colonial o de derechos civiles. El inglés cuenta con pocos términos para la integración de las minorías incentivado por el Estado que no sean estas asociaciones. De esta manera, la «unidad» se procesa a través del único marco disponible, uno construido para una historia distinta.

Pero hay algo más deliberado en juego. La cobertura de las regiones chinas con minorías étnicas rara vez aborda el fondo real de las políticas: el acceso a la educación, la mayor atención médica, la infraestructura o los programas de documentación lingüística. En cambio, tiende a recurrir a un conjunto fijo de nociones: «forzado», «asimilación», «represión». Estos marcos se fijaron mucho antes de que existiera esta norma; y ella encajó en una retórica ya en marcha.

Una China estable y cohesionada pone en entredicho un argumento más amplio en el que algunos medios han invertido: el modelo liberal occidental es el único camino legítimo para gestionar la diversidad. Si un modelo diferente —uno basado en la unidad como condición previa para la protección, en lugar de como alternativa a esta— produce resultados funcionales, ese argumento es más difícil de sostener.

Hay un intercambio que vale la pena mencionar con honestidad: la gobernanza que prioriza la unidad y el pluralismo liberal que privilegia los derechos son posturas con esencias distintas, y las personas razonables pueden debatir cuál sirve mejor al bienestar de las minorías y sus contextos. Esa discusión merece un análisis minucioso, incluyendo el historial de China. Pero debe partir de lo que la ley realmente dice y hace, no de un titular que modificó una palabra por otra y dejó que el resto se escribiera solo.

La «unidad» aquí no es un eslogan: se trata de si los niños de las regiones autónomas de Xinjiang o Xizang asisten a la escuela, si los pastores de la tercera edad en Mongolia Interior tienen acceso a la atención médica y si las lenguas de las minorías están bien protegidas. Estos resultados representan logros tangibles que merecen ser observados y valorados de primera mano. Lo que no es discutible es que una ley sobre la promoción de la igualdad fue reescrita como una amenaza a través de la traducción. Esto demuestra una vez más que la comprensión de Occidente sobre China y su modernización sigue limitada a su propio marco cognitivo, lo cual es también una de las razones por las que a menudo se percibe al país como una amenaza.


El autor es editor jefe del Diario del Pueblo e investigador principal del Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China.