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spanish.china.org.cn | 06. 07. 2026 | Editor:Teresa Zheng [A A A]

El «ultimátum» de Von der Leyen refleja el desafío de la UE

Palabras clave: UE, Von der Leyen
Spanish.china.org.cn | 06. 07. 2026

La ironía es flagrante. Mientras el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenaza sin tapujos con imponer aranceles del 100 % a los productos de la Unión Europea si esta se atreve a gravar los servicios digitales, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se muestra reservada —como si Europa lo mereciera—. Sin embargo, no refleja tal «reticencia» cuando se trata de las diferencias comerciales con China, al declarar que Bruselas tiene «todos los instrumentos sobre la mesa» a menos que Beijing presente «resultados tangibles» para octubre.

Lo que no parece comprender es que todos los líderes occidentales que han empleado esa retórica maximalista respecto al comercio con China en los últimos años han terminado negociando para resolver sus inquietudes.

Las primeras conversaciones del mecanismo de consulta sobre comercio e inversión entre China y la UE, celebradas la semana pasada entre el ministro de Comercio chino, Wang Wentao, y su homólogo comunitario, Maros Sefcovic, fueron: «intensas, centradas y constructivas», en palabras del propio funcionario europeo. Seguir esto con plazos públicos beligerantes es socavar el proceso que Von der Leyen dice defender. Es bastante inapropiado y, francamente, desconcertante para una figura de su prestigio y experiencia.

Es posible que esté adoptando un tono duro para desviar la atención de su débil posición en la disputa comercial y de seguridad con Washington. Las negociaciones del año pasado se caracterizaron por concesiones, lo que provocó duras críticas desde las capitales del bloque. Ahora, parece que está tratando de recuperar el rol de «adalid» de los intereses europeos al buscar un choque con Beijing poco después de que Trump amenazara a la UE con más gravámenes.

Pero mientras Von der Leyen lanza «ultimátums», parece estar desfasada con respecto a muchos miembros de la UE. El ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi, concluirá el miércoles su gira de una semana por Dinamarca, Suecia, Finlandia y Noruega. También se reunió con el máximo representante diplomático de Austria en Beijing a finales del mes pasado. En Estocolmo, tuvo un encuentro con la familia Wallenberg —pioneros de la inversión europea en China desde la década de 1970—, quienes se comprometieron a seguir invirtiendo en China, a involucrarse con el país y a integrarse en su mercado. El primer ministro sueco, Ulf Kristersson, reafirmó su apoyo al fortalecimiento del diálogo entre la UE y China y a la gestión adecuada de los conflictos.

Otras conversaciones mantenidas estos días entre Wang y funcionarios y representantes empresariales de los países anfitriones han enviado señales similares. Von der Leyen debería notar que las economías y firmas del bloque desean vínculos económicos estables y saludables con China.

Es menester con recordar el caso reciente de los vehículos eléctricos chinos para darse cuenta de que las «amenazas» de Von der Leyen son injustificadas. La disputa avivada por la UE encontró solución en la negociación, tras meses de llamadas de atención del bloque.

Si algunos responsables políticos europeos creen que el déficit comercial de 360 000 millones de euros (411.91 mil millones de dólares) con China el año pasado representa una ventaja, en lugar de una consecuencia del propio debilitamiento estructural de su competitividad en algunos sectores y de su prohibición de las exportaciones chinas de alta tecnología, viven en una ilusión. Con tal razonamiento, el déficit deviene un pretexto para el inicio de una guerra comercial en caso de una negativa a ceder de Beijing. Sin embargo, si los déficits comerciales fueran una fuente de poder, cualquier economía con un «desequilibrio comercial» tendría una «justificación» lista para la confrontación económica. La proposición cae por su propio peso.

Un déficit comercial no es un arma, sino un fenómeno de patrones de consumo, capacidad industrial, ventaja comparativa, etc. Tratarlo como un casus belli es admitir un fracaso analítico encubierto de bravuconería política.

En las últimas décadas, la UE ha disfrutado de una prosperidad «cómoda» en parte porque Rusia le otorgaba energía barata, Estados Unidos garantizaba su seguridad y China ofrecía un vasto mercado y suministros a precios accesibles. Ahora, bajo el liderazgo de Von der Leyen, el bloque corre el riesgo de arruinar su futuro en los tres frentes.

Cuando China tiende la mano para una cooperación con visión de futuro y una coordinación global en comercio, transición verde y gobernanza multilateral, ciertos políticos europeos responden con el obstinado juego de suma cero, animados por una mentalidad obsoleta de la Guerra Fría. Su incapacidad para vislumbrar el beneficio mutuo y gestionar las diferencias contribuye directamente al declive de la competitividad europea.

Si la UE excluye los productos verdes competitivos de China, lo único que logrará será encarecer su propia transición y hacer que su base industrial sea menos atractiva. Al intentar protegerse de la competencia china, el bloque está a punto de perjudicar su propio futuro económico.

Su ventaja industrial se ha desvanecido, en gran parte porque su clase política ha permitido que su juicio estratégico falle, confundiendo proteccionismo con el arte de gobernar y la política de riesgo retórica con la determinación. En un mundo que exige agilidad, ellos dan rigidez —y lo llaman «principios».

China cuenta con años de experiencia en responder a presiones extremas y defenderá con firmeza sus derechos e intereses legales. Está dispuesta a utilizar los canales de consulta establecidos con la UE para mantener el diálogo en pie de igualdad, pero nunca cederá ante las amenazas. El intento de Von der Leyen de ejercer presión solo manifiesta qué lado parpadea primero. La UE no puede permitirse cambiar su futuro económico por una demostración de altanería que no engaña a nadie.

Si el bloque se obsesiona únicamente con repartir «equitativamente» el pastel económico existente con China, mientras descuida la tarea mucho más difícil de hacer que el mismo crezca, terminará viendo cómo su propia porción queda reducida —no porque China se la quite, sino porque este no es capaz de ver el pastel más grande.