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spanish.china.org.cn | 04. 07. 2026 | Editor:Teresa Zheng [A A A]

Mi verdadera China

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Spanish.china.org.cn | 04. 07. 2026

MI China no tenía rostro hasta que tuvo sonido. Llegó a mí la primera vez que escuché el sonido del guzheng (古筝) y de la seda rasgada, un llanto antiguo que atravesó de pronto la barrera del idioma y se instaló directamente en el pecho. Al principio, mis oídos, acostumbrados al repique de las claves y de los tambores, no sabía cómo descifrar aquel paisaje sonoro. El laúd chino (琵琶) sonaba como gotas de lluvia ligera sobre las hojas de loto, el erhu (二胡) lloraba con una voz que narraba historias de miles de años. Todo cambió cuando conocí la flauta de bambú, dizi (笛子). Su sonido era el viento que soplaba los pétalos de las flores, el mismo que acariciaba las palmas reales en los campos cubanos. 

La música no me ha llevado a China pero me ha revelado que su paisaje ya vivía dentro de mí, esperando la cuerda adecuada y el soplo preciso, para vibrar en harmonía. 

 

Trabajo de caligrafía de Lianet Díaz realizado en el marco del Día Internacional de la Lengua China. 

Mi China tiene el corazón plegado y se esconde en los pliegues de seda de un abanico que, al desplegarlo con un susurro suave, hace que el aire caribeño, pesado de humedad, se abra para dar paso a la brisa de un jardín imaginario donde crecen flores de loto. Al principio, el abanico es un objeto torpe que se mece entre las manos, un esqueleto de bambú que se resiste al ritmo. Uno intenta domar su ritmo lento y sinuoso, pero debe aprender primero a sentirlo. Es como intentar atrapar el humo con las manos mientras se escapa entre los dedos; sus movimientos nerviosos chocan contra la serenidad de la seda pintada con flores de ciruelo. Al practicar las secuencias, los pies sobre el hormigón aprenden a seguir el compás y el abrir y cerrar del abanico deja de ser un gesto aislado y se transforma en la metáfora perfecta del oleaje del Mar del Sur de China que se encuentra con el Caribe. 

El abanico, al abrirse, es como un portal que lleva a uno de paseo por la Ciudad Prohibida y cada ondulación es el serpentear del río Lijiang. La danza no es una técnica, sino un idioma que habla de la nobleza de los antiguos poetas, de la resistencia del bambú y de la elegancia discreta de la porcelana. 

Cuando se danza, mis manos sostienen algo más que un objeto de artesanía, sostienen la promesa de un encuentro entre culturas, historias y naciones. 

 

Díaz Lianet participa en el Festival de las Nacionalidades organizado por la Universidad de la Habana con un qipao chino. 

Mi China no está en un mapa, está atrapada en la piedra negra de un tintero, está aquí, en La Habana, donde el aire salado del Malecón se mezcla con la cálida brisa del Yangtsé. 

Mi primer encuentro con ella fue durante un silencio profundo, justo antes del primer trazo, a los diecinueve años, cuando el pincel llegó a mis manos como un mensajero extraviado. Su mango de bambú, fresco y ligero, me conectó con los bosques de Shunan que nunca había pisado. La piedra de tinta, pesada y serena, guardaba en su interior memorias incontables de una cultura lejana. Al frotarla con el agua, liberaba un aroma a tierra mojada, a tiempo, a historia y a cultura, y el negro que nacía en ella no era ausencia de luz, sino la promesa de un comienzo. Como bien se dice, no se dibujan palabras, se les da vida; cada vez que se mojan las alas del pincel con la noche en el tintero, no se escribe, se convoca, se celebra y se crea una danza de trazos sobre un papel en blanco. El trazo, guiado por un ritmo milenario, se convierte en el cauce por el que fluye el río de la cultura, y la mariposa de la curiosidad, que antes revoloteaba sin rumbo, se encuentra en su camino la brocha sobre el frágil papel de arroz. A veces, el pincel se resiste. Un trazo torpe echa a perder la armonía de la página, pero en esos momentos de frustración, se debe recordar que la caligrafía es como la vida; requiere de la suavidad del jazmín para mecer la idea, y la fuerza del bambú para sostenerla. Luego de respirar hondo se comienza de nuevo y, en la quietud de la repetición, cuando la mente está en blanco y el papel se funde con el pincel, uno se convierte en un instrumento de la belleza. 

 

Díaz Lianet durante una presentación de danza tradicional china en la Fiesta de la Primavera organizada por la Embajada de China en Cuba. Fotos cortesía de la autora 


China llegó a mí en un poema y esa poesía me devolvió el alma de niña, la capacidad de asombrarme ante el rocío sobre el pétalo de una flor. Cuando los leo, ya no veo caracteres ajenos, veo un espejo y siento la añoranza de un poeta de la dinastía Tang por su amigo, que es la misma que sentí yo cuando dejé mi pueblo para venir a estudiar en la capital. La luna que ellos contemplaban es la misma que hoy se refleja en las olas del Caribe. 

Mi China no está en un avión, está en cada nota del guzheng, en cada pliegue del abanico, en cada trazo y cada poema, la mariposa de mi espíritu cubano encuentra su jazmín en un romance escrito en versos a base de tinta negra y papel sediento, que baila con un abanico mientras suena el erhu. Mi China es ese jazmín que sonríe cada vez que se encuentra con su mariposa.


*Lianet L. Díaz Santa Cruz es estudiante de Lenguas Extranjeras en la Universidad de La Habana, donde estudia alemán y chino. 



Fuente: China Hoy