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spanish.china.org.cn | 04. 07. 2026 | Editor:Teresa Zheng [A A A]

Cuando Mesoamérica se encuentra con la civilización china

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Spanish.china.org.cn | 04. 07. 2026

EL 18 de mayo de 2026, con motivo del Día Internacional de los Museos, el Museo Capital de Beijing inauguró la mayor exposición temporal de su historia: “Maíz, oro y jaguar: Gran exposición de las antiguas civilizaciones maya y andina”. Como uno de los eventos centrales dedicados al diálogo y al aprendizaje mutuo entre civilizaciones del mundo, esta monumental muestra, que ocupa cerca de 10.000 metros cuadrados, reúne alrededor de 800 piezas arqueológicas procedentes de México y Perú. 

 

18 de mayo de 2026. El público visita la sección dedica a la fauna de las regiones selváticas en la civilización maya en la exposición “Maíz, oro y jaguar: Gran exposición de las antiguas civilizaciones maya y andina”. 


Una Beijing bulliciosa y un patrimonio que vuelve a hablar 

Tras su apertura, la exposición se convirtió rápidamente en uno de los principales acontecimientos culturales de Beijing. Ya durante el primer fin de semana, numerosos visitantes comenzaron a formar largas filas desde las siete de la mañana, ansiosos por adentrarse en este vasto recorrido por las civilizaciones latinoamericanas. 

Cabe destacar que la exposición no solo ha atraído a miles de visitantes desde su inauguración, sino también a destacadas personalidades del ámbito cultural. En su visita, el exdirector del Museo del Palacio, Shan Jixiang, y el director del Museo Capital, Guo Jingning, recorrieron juntos las galerías para explicar al público las historias ocultas tras las piezas expuestas. Tras el recorrido, Shan Jixiang comentó con humor que una exposición de tal calidad debía permanecer abierta “las veinticuatro horas del día”. 

La sección titulada “Espíritus de la naturaleza” ofrece una atmósfera aún más dinámica. Familias enteras pueden participar en actividades interactivas para descubrir el animal protector asociado al propio nahual, elaborar tamales digitales de maíz o explorar diversos aspectos de las cosmovisiones indígenas latinoamericanas. Esto refleja precisamente uno de los objetivos fundamentales de la exposición: acercar las civilizaciones maya, andina y china para generar un auténtico encuentro espiritual entre ellas. Durante la ceremonia inaugural, el embajador de Perú en China, Carlos Vásquez, señaló que la muestra simboliza el reencuentro de dos civilizaciones antiguas y constituye tanto una invitación a descubrir el Perú ancestral como una oportunidad para conocer el Perú contemporáneo. 

A diferencia de años anteriores, esta vez la atención parece haberse desplazado hacia cuestiones más profundas. Los visitantes ya no se están preguntando únicamente lo que son los objetos, sino por qué fueron creados y qué visión del mundo expresan. 

En las redes sociales chinas proliferan las discusiones sobre el concepto del nahual, el chamanismo mesoamericano y las representaciones de animales espirituales. Al contemplar la célebre máscara olmeca del “hombre-jaguar”, que captura el instante liminal entre lo humano y lo animal, muchos espectadores han expresado una mezcla de asombro e identificación. Han descubierto que, para numerosos pueblos indígenas de América Latina, la naturaleza no era un objeto destinado a ser dominado, sino una comunidad viva de la que los seres humanos formaban parte. 

 

18 de mayo de 2026. Un incensario con soporte del periodo Clásico (600-900 d. C.) muestra la relación entre el ser humano, el cosmos y la naturaleza según la concepción cultural maya. 


La “armonía entre el ser humano y la naturaleza” oriental y el “animismo” mesoamericano 

La afinidad que han percibido los visitantes chinos no surge de la casualidad. Cuando ampliamos la mirada hacia la historia de las ideas, resulta sorprendente comprobar que, pese a la enorme distancia geográfica que separaba a las civilizaciones maya, inca y china, todas ellas formularon respuestas notablemente similares a una misma pregunta fundamental: ¿cómo debe relacionarse el ser humano con la naturaleza? 

Tanto en la antigua China como en las civilizaciones prehispánicas existieron complejos sistemas de culto a los tótems. Animales, plantas y fenómenos naturales eran concebidos como manifestaciones de fuerzas sagradas. En China, el dragón chino (loong), el fénix, las serpientes, los ciervos, los peces o las aves desempeñaron funciones simbólicas esenciales, mientras que el cielo, la tierra, el sol, la luna, el viento y el agua fueron objeto de veneración. De manera similar, entre las civilizaciones de Mesoamérica y los Andes se pueden encontrar figuras como Kukulcán, Huitzilopochtli, Tláloc, el dios Sol de los incas, o la Madre Tierra, Pachamama. 

En América Latina, numerosos pueblos indígenas desarrollaron una cosmovisión basada en la idea de que todos los seres poseen un espíritu. Montañas, ríos, árboles, animales y seres humanos participaban de una misma red vital. En el Popol Vuh, los animales aparecen incluso antes que los seres humanos en la narración de la creación. Entre diversos pueblos mesoamericanos existe la creencia en el nahual, según la cual cada persona mantiene un vínculo espiritual con un animal protector. En los Andes, por su parte, ciertos rituales permiten a los chamanes transformarse simbólicamente en jaguares, cruzando los límites entre lo humano y lo animal, lo terrenal y lo sagrado. Esta concepción de la vida –“tú estás en mí y yo en ti”– les ha permitido a las personas de dichas latitudes aprovechar los recursos naturales sin dejar de buscar un equilibrio respetuoso con su entorno. Mediante el barbecho rotativo, la delimitación de zonas de caza prohibidas y las ofrendas a la Pachamama, los pueblos originarios de América Latina establecieron con la naturaleza una auténtica relación de reciprocidad y coexistencia. 

Esta visión encuentra sorprendentes paralelos en la tradición china. Uno de los principios fundamentales del pensamiento chino es la idea de la armonía entre el ser humano y la naturaleza (天人合一) y el principio de que el ser humano debe seguir las leyes de ella. El fundador del taoísmo, Lao Zi, expresó esta visión en una célebre sentencia: “el ser humano tiene por norma a la tierra, la tierra al cielo, el cielo al Dao y el Dao a la espontaneidad” (人法地,地法天,天法道,道法自然). Con ello revelaba la unidad fundamental de todas las cosas del universo y su sometimiento a un orden natural inherente. Más tarde, Zhuang Zi expresó la idea de que “el cielo y la tierra nacen conmigo, y todas las cosas forman una unidad conmigo” (天地与我并生,而万物与我为一). Esta aspiración a disolver las fronteras entre el yo y el mundo, y a fluir en armonía con las transformaciones del cosmos, constituye una de las expresiones más acabadas de la concepción china sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza. 

Por su parte, la idea confuciana de la armonía entre el ser humano y la naturaleza tiene sus raíces en el Libro de los Cambios. Durante la dinastía Song del Norte (960-1127), el filósofo Zhang Zai formuló el célebre principio de que “todos los seres humanos son mis hermanos, todos los seres vivos mis semejantes” (民吾同胞,物吾与也), una idea que guarda una notable afinidad con la veneración de la naturaleza y la concepción igualitaria de las especies presentes en muchas culturas indígenas latinoamericanas. De hecho, algunos estudiosos consideran que la noción de la armonía entre el ser humano y la naturaleza puede entenderse como una forma temprana de conciencia ecológica, comparable a la cosmovisión holística de numerosos pueblos originarios de América Latina, para quienes todos los seres forman parte de una misma comunidad vital. 

Las similitudes son evidentes. En América Latina, muchos pueblos indígenas han venerado tradicionalmente a los animales como ancestros o entidades sagradas; en China, el confucianismo promueve la idea de “ser benévolo con los seres humanos y apreciar todos los seres de la naturaleza” (仁民而爱物), mientras que Zhuang Zi afirmaba que “ningún ser es noble ni despreciable” (物无贵贱). En los Andes, los pueblos ancestrales rendían culto y expresaban gratitud a la Pachamama, y en la cultura maya también se desarrollaron diversas formas de veneración a divinidades vinculadas con la tierra y la fertilidad. De modo similar, en la tradición ritual china, las ceremonias imperiales incluyeron durante siglos sacrificios y ofrendas a montañas, ríos y fuerzas naturales. En ambos casos, los seres humanos recurrieron a formas de sacralidad y ritualidad para preservar ese delicado vínculo que los unía al mundo natural. 

Esta afinidad cultural se hace visible en una de las imágenes más sugestivas que ofrece la exposición. En los murales, los jaguares parecen correr con fuerza y vitalidad, mientras que, al otro lado de la sala, los relieves de loong —símbolo por excelencia de la cultura china— emergen entre luces y sombras. El jaguar, en las selvas de México, encarna la fuerza, el misterio y el poder de la noche; el loong, por su parte, es la criatura capaz de convocar las lluvias y de conectar el mundo terrenal con el celestial. Aunque sus formas y atributos sean distintos, ambos representan la manera en que los seres humanos han imaginado las fuerzas sobrenaturales y han buscado comprender el orden del universo, por lo que existe entre ellos una resonancia silenciosa que trasciende las distancias geográficas y culturales. 

 

18 de mayo de 2026. Escultura temática de la exposición al exterior del Museo Capital de Beijing. Fotos de Wei Yao

 

En busca de una comunidad de todos los seres vivos en la Tierra 

Aunque están separadas por la inmensidad del océano Pacífico, la civilización china y las antiguas civilizaciones de América Latina han alcanzado, a lo largo de los siglos, una profunda sintonía en su manera de concebir la relación entre el ser humano y la naturaleza. Esta coincidencia no es una simple casualidad, sino la expresión de una conciencia compartida que surgió en las civilizaciones originarias frente al mundo natural. La presente exposición, a través del diálogo que establecen sus piezas patrimoniales, permite que estas antiguas concepciones sobre la convivencia con la naturaleza trasciendan las páginas de la historia y aporten nuevas reflexiones al intercambio cultural sino-latinoamericano y a la construcción de una civilización ecológica en el siglo XXI. 

Durante la era de la industrialización, la humanidad cayó con frecuencia en la ilusión de que el desarrollo significaba la conquista de la naturaleza, una visión que terminó desembocando en una crisis ecológica de alcance global. Frente a ello, las enseñanzas dejadas por las antiguas civilizaciones de China y América Latina—ya sea el principio indígena de aprovechar los recursos con moderación y mantener el equilibrio con el entorno, o el del pueblo chino de actuar en armonía con los ritmos de la naturaleza y extender la benevolencia a todos los seres—ofrecen una perspectiva alternativa que trasciende el antropocentrismo. Ambas tradiciones reconocen la interdependencia de todas las formas de vida y defienden una visión relacional del mundo. Estas sabidurías milenarias ya no constituyen meros vestigios del pasado, sino un valioso patrimonio intelectual capaz de aportar respuestas a los desafíos contemporáneos del desarrollo sostenible. 

La esencia del diálogo entre civilizaciones reside en apreciar la belleza de cada cultura y fomentar la convivencia armoniosa entre todas ellas. En este sentido, la exposición contribuye a superar las visiones exotizantes que durante mucho tiempo han marcado la percepción de las civilizaciones latinoamericanas, permitiendo al público chino comprender con mayor profundidad su riqueza espiritual y filosófica. Al mismo tiempo, favorece el reconocimiento y aprecio de los valores culturales de América Latina por un número creciente de personas en Oriente, impulsando un intercambio que va más allá de la mera contemplación cultural para convertirse en un verdadero encuentro de ideas. La convergencia de ambas tradiciones en torno a una ética de respeto hacia el mundo natural constituye una base sólida para profundizar los intercambios humanísticos y la cooperación ecológica.


*Meng Xiayun es directora del Centro de Estudios de los Países Hispanohablantes de la Universidad de Asuntos Exteriores de China. 



Fuente: China Hoy