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spanish.china.org.cn | 28. 05. 2026 | Editor:Filo Fu [A A A]

El peligro de revivir el «Tokko» para Asia Oriental y más allá

Palabras clave: Japón, Remilitarización
Spanish.china.org.cn | 28. 05. 2026

El miércoles, se aprobó una ley para establecer el «Consejo Nacional de Inteligencia» durante una sesión plenaria de la Cámara de Consejeros de Japón. La legislación no solo supone una reforma fundamental del sistema de inteligencia de la posguerra del país, sino que también abre una peligrosa brecha institucional que destierra por completo el marco de paz japonés de la posguerra y acelera su «remilitarización».

La reestructuración del aparato de inteligencia del Gobierno de Sanae Takaichi dista mucho de ser un mero ajuste administrativo: es una transformación del sistema destinada a agilizar la militarización del aparato estatal japonés. El nuevo proyecto de ley creará un «Consejo Nacional de Inteligencia» planificado, liderado por el primer ministro como centro supremo de la toma de decisiones y el apoyo de una «Oficina Nacional de Inteligencia» como órgano ejecutivo, estableciendo así un sistema de inteligencia centralizado y de gestión vertical.

El acto no solo elimina el sistema de controles y contrapesos de la posguerra, mantenido por Ministerio de Relaciones Exteriores, el Ministerio de Defensa, la policía y otras agencias —un sistema nacido de la reflexión sobre el militarismo del pasado—, sino que también otorga a este nuevo consejo poderes extraordinarios de compartir información sobre todos los departamentos gubernamentales.

Aún más peligroso es que el proyecto de ley incorpora explícitamente las «actividades de inteligencia en el exterior» a su mandato, desplazando el enfoque de seguridad interna de la inteligencia japonesa a la recopilación de información militar y de seguridad en el exterior, e incluso permitiendo operaciones de espionaje e infiltración.

Esta reconfiguración de la inteligencia altamente centralizada, a favor de ambiciones de «remilitarización», ha suscitado fuertes críticas en el país. Algunos académicos locales han indicado que el nuevo organismo carece de una supervisión efectiva y de controles y contrapesos, y podría convertirse en una reencarnación moderna de la notoria «Policía Especial Superior» (Tokko) previo a la Segunda Guerra Mundial. Corre el riesgo de ser una herramienta para que las autoridades conservadoras de derecha abusen del poder ejecutivo, no solo infringiendo la privacidad y la libertad de expresión de los ciudadanos, sino también utilizándolo como un instrumento para vigilar y reprimir la disidencia.

Lamentablemente, pese a los temores y el rechazo de diversos sectores de la sociedad japonesa —incluidos algunos partidos de la oposición, colegios de abogados, grupos cívicos, principales medios de comunicación y académicos—, la iniciativa logró el visto bueno con relativa facilidad lo que revela el debilitamiento de la supervisión y los contrapesos en el panorama político nipón, cada vez más inclinado hacia la derecha.

Japón ha afirmado en repetidas ocasiones que el principio «orientación exclusivamente defensiva» no cambia. Pero, ¿qué significa realmente este precepto? Debería ser abstenerse de ataques preventivos, responder solo con la autodefensa mínima necesaria tras una ofensiva armada, no atacar las bases de otros y no poseer armas ofensivas estratégicas. Sin embargo, Japón está desplegando misiles de largo alcance con «capacidades de contraataque» contra bases enemigas, construyendo lo que en la práctica son grupos de combate de «portaaviones», da luz verde a la exportación de armas letales y discute abiertamente sus «capacidades de contraataque». ¿Cuál de estas medidas no es una postura militar ofensiva? Tokio puede repetir la frase «orientación exclusivamente defensiva» innumerables veces, pero el alcance de sus misiles no es menor en un solo kilómetro por ello. Ampliar las capacidades militares y ratificar la adhesión al camino de una «nación pacífica» es una contradicción que no engaña a la comunidad internacional.

Así, la creciente concentración de poderes de inteligencia y seguridad está estrechamente vinculada a la expansión de sus actividades castrenses en el exterior. El Gobierno de Takaichi ha favorecido la ayuda militar y la venta de armas a Filipinas, ha enviado a sus Fuerzas de Autodefensa a los ejercicios militares «Balikatan» entre Estados Unidos y Filipinas, e incluso ha disparado su sistema de misiles costeros tierra-mar Tipo 88. Estas acciones muestran una intención clara de expansión. Si Japón vuelve a ser un país capaz de librar guerras, Asia-Pacífico encarará una escalada armamentista, mayores riesgos de errores de cálculo estratégicos y un creciente peligro de conflicto.

Más importante aún, la amenaza de esta «remilitarización» va más allá de Asia Oriental dado que uno de los pilares del orden internacional de la posguerra empieza a desmoronarse. Documentos como la Declaración de Potsdam y el Acta de Rendición de Japón estipulaban que Japón debía ser «completamente desarmado», mientras que su Constitución de Paz imponía límites estrictos a la fuerza militar y al derecho a declarar la guerra. La trayectoria actual de Tokio representa un intento de liberarse de estas trabas. Cuanto más presione en esa dirección, más vigilantes deberán ser los demás países.

Japón busca una vez más recorrer a toda velocidad el viejo camino de la centralización del poder interno y la expansión externa. Este resurgimiento del militarismo no solo socavará la estabilidad y el orden regionales, sino que, en última instancia, redundará en la seguridad y desarrollo del propio Japón.

Asia-Pacífico debe seguir siendo un bastión del desarrollo pacífico y la cooperación, no un escenario geopolítico en el que un puñado de países fomente la división y el conflicto. Japón debe afrontar las preocupaciones expresadas a nivel nacional e internacional, reflexionar sobre su historia, defender genuinamente el compromiso de su Constitución de Paz y dejar de transitar por la peligrosa senda de la remilitarización y la confrontación entre bloques. Cualquier intento de derrocar el orden internacional de la posguerra enfrentará inevitablemente la firme oposición de los países de la región y de la comunidad internacional en general.