| spanish.china.org.cn | 02. 04. 2026 | Editor:Teresa Zheng | ![]() |
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La buena gobernanza requiere una perspectiva a largo plazo
Por Virdika Rizky Utama
En muchos sistemas políticos, el éxito se mide por lo visible rápidamente. Nuevos edificios, proyectos emblemáticos y cifras de crecimiento como prueba de la acción. Pero la visibilidad no es lo mismo que el valor, y la velocidad no garantiza la perdurabilidad. El presidente chino, Xi Jinping, ha advertido varias veces contra la búsqueda de ganancias rápidas, los logros falsos y los planes incentivados por la imagen, argumentando que los frutos políticos deben proceder de un trabajo sólido y práctico. Sus ideas reflejan un enfoque más profundo para juzgar el desempeño político.
El mismo se articula sistemáticamente en el concepto chino de una «comprensión correcta de la acción de la gobernanza» o una «visión correcta de los logros políticos». Su esencia consiste en responder a las preguntas fundamentales de para quién se cosechan esos frutos, qué tipo de avances debe conseguirse y cómo, haciendo hincapié en que trabajar por el bienestar del pueblo es el mayor beneficio político y que los funcionarios deben crear ventajas tangibles resistentes a la prueba de la práctica, del pueblo y de la historia.
En el centro de esta postura yace un cambio de la visibilidad a corto plazo hacia los resultados a largo plazo. Los avances políticos no deben definirse únicamente por lo que se hace durante el mandato de un funcionario, sino por lo que funciona y aporta una vez finalizado dicho periodo. La calidad de la gobernanza sobre la rapidez y la durabilidad sobre el espectáculo.
Este reajuste está estrechamente vinculado a una orientación centrada en las personas. El éxito político se evalúa cada vez más por las mejoras de los ciudadanos en su vida cotidiana. El empleo estable, el acceso a la atención médica y la educación, la seguridad pública, la seguridad social y la prevención eficaz de riesgos son los verdaderos referentes de esas metas cumplidas. El crecimiento económico sigue siendo vital, pero ya no se trata como un blanco aislado. Cuando se desvincula del bienestar social, en última instancia socava la calidad del desarrollo y la confianza pública.
La campaña china de reducción selectiva de la pobreza es un buen ejemplo.
En lugar de apostar solo por el crecimiento agregado, las políticas abordaron limitaciones específicas a nivel de los hogares, desde el acceso a la educación y la atención médica hasta las oportunidades de empleo locales. Lo primordial no recae en objetivos simbólicos, sino en mejoras medibles en las condiciones de vida que pudieran mantenerse a lo largo del tiempo.
Esta lógica también explica el creciente énfasis en equilibrar los frutos palpables y los invisibles. La construcción masiva, la modernización industrial y la renovación urbana son muy visibles y políticamente atractivas. Pero son los elementos menos tangibles, como la capacidad regulatoria, la protección del medio ambiente, la preparación en materia de salud pública y la confianza social, los que determinan si el desarrollo puede ser sostenible. La oposición a las obras vanidosas refleja el reconocimiento de que el desarrollo por la apariencia en lugar de por la necesidad distorsiona los incentivos y asigna mal los recursos.
La gobernanza ambiental ofrece otro ejemplo conocido. Los esfuerzos para combatir la contaminación atmosférica en grandes ciudades como Beijing impusieron inicialmente costos económicos y administrativos. Las restricciones a las fábricas, los controles de tráfico y las transiciones energéticas ralentizaron algunas actividades a corto plazo. Con el tiempo, sin embargo, la mejora de la calidad del aire redujo los peligros para la salud, elevó el nivel de vida en la ciudad y fortaleció la confianza pública. Lo que al principio parecía restrictivo contribuyó a mejorar el bienestar de las personas y a un desarrollo urbano más resiliente.
Por lo tanto, los fines económicos, sociales y ecológicos se tratan cada vez más como interdependientes en vez de secuenciales. La degradación ambiental se traduce en cargas para la salud y pérdidas de productividad. La desigualdad social debilita el consumo, la innovación y la estabilidad a largo plazo. El crecimiento imprudente no favorece la modernización, sino que la merma. El desarrollo que internaliza los costos sociales y ecológicos reduce el perjuicio sistémico y crea una base más estable para la prosperidad.
Llevar los principios a la práctica también requiere hacer frente al formalismo y al burocratismo. Un enfoque excesivo en los procedimientos, los documentos y los eslóganes puede vaciar de contenido la gobernanza al sustituir la resolución de problemas por el cumplimiento ritual. La falsificación y la búsqueda de resultados rápidos distorsionan los flujos de información, lo que dificulta la identificación de riesgos y la rectificación de errores. Una vez que la información inexacta se convierte en la norma, la formulación de políticas pierde sus mecanismos de retroalimentación y se vuelve más propensa a los errores de cálculo.
El renovado interés en el trabajo práctico busca reconectar la intención de las políticas con los resultados vividos. La credibilidad de la gobernanza depende menos de cómo se presenta el rendimiento que de cuán fielmente refleja la realidad. La información confiable y la evaluación honesta son básicas para sostener el desarrollo a largo plazo.
Los sistemas de examen de los cuadros cumplen un rol relevante a la hora de reforzar este giro. Más allá de los indicadores de crecimiento exclusivos, los marcos de evaluación involucran cada vez más el bienestar social, la protección del medio ambiente, la gestión de riesgos, la prestación de servicios públicos y la continuidad de las políticas. Esto reajusta los incentivos y disminuye el margen para los excesos motivados por la búsqueda de resultados. Al mismo tiempo, los sistemas de evaluación deben evitar sustituir un conjunto limitado de indicadores por otro. La supervisión y la rendición de cuentas siguen siendo críticos.
Una característica definitoria de esta posición es su tratamiento del tiempo. El cortoplacismo ha sido por mucho una debilidad estructural en la gobernanza del desarrollo, particularmente cuando los ciclos políticos comprimen los horizontes de las políticas. Al recalcar la continuidad y la moderación, el discurso actual de gobernanza de China introduce una perspectiva temporal mayor. Los objetivos políticos se juzgan no solo por los resultados inmediatos, sino por la durabilidad y la resiliencia ante las crisis.
Estos desafíos no son exclusivos de China. Indonesia, al igual que muchos países en desarrollo, enfrenta tensiones similares entre la rapidez y la sostenibilidad, y entre la visibilidad y el fondo. El éxito del desarrollo se mide a menudo por lo que se construye de nuevo, más que por el buen funcionamiento de los sistemas existentes. Varios grandes proyectos de infraestructura iniciados bajo una administración se han estancado o han perdido impulso tras los cambios de liderazgo. Al mismo tiempo, los programas sociales han sido renombrados o revisados antes de que se pudieran verificar plenamente su impacto a larga data. Tales discontinuidades debilitan la memoria institucional y erosionan la confianza pública.
La experiencia de Indonesia resalta la importancia de los sistemas de evaluación que premian los resultados a largo plazo por encima de la visibilidad a corto plazo. Las infraestructuras que se mantienen, los servicios que siguen siendo accesibles y las políticas que perduran a lo largo de los ciclos políticos son mejores barómetros de éxito que las inauguraciones ceremoniales o las iniciativas fomentadas por los titulares. La continuidad, más que la ceremonia, define el progreso real.
En este contexto, el concepto en evolución de China sobre los logros políticos ofrece referentes útiles. Su valor no radica en un modelo que se copie mecánicamente, sino en destacar la responsabilidad, la continuidad y la sustancia.
Finalmente, estos avances más duraderos suelen ser los menos espectaculares. Reducen silenciosamente los riesgos estructurales, fortalecen la resiliencia institucional y construyen la confianza pública. La modernización no se define solo por la velocidad, sino por el equilibrio, la dirección y la responsabilidad. Alinear la ambición con el realismo y el crecimiento con la sostenibilidad es lo que transforma el desarrollo en progreso duradero y la gobernanza en legitimidad duradera. En la gobernanza, lo que perdura resuena más que lo que deslumbra.
El autor es director ejecutivo de PARA Syndicate, un centro de estudios independiente con sede en Yakarta.














