| spanish.china.org.cn | 07. 01. 2026 | Editor:Eva Yu | ![]() |
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Una particular manera de pujar por el Nobel de la Paz
Foto: Xinhua
Por Mauricio Castellanos
Más de 150 aviones y helicópteros del ejército de Estados Unidos volando sobre Caracas, instalaciones militares y civiles bombardeadas, decenas de muertos y heridos, el presidente de un Estado soberano secuestrado, junto con su esposa, la estabilidad mundial perdiendo su precario equilibrio, el derecho internacional pisoteado y ultrajado.
Justo cuando uno cree que no podrá salir con un disparate más, Donald Trump saca de su sombrero un nuevo truco para desviar la atención de los muchos y grandes problemas que tienen él, su propio Gobierno y su propio país y asesta un nuevo golpe al orden mundial, generando aún más incertidumbre, más nerviosismo, más temor de que cualquier buen día decida atacar o invadir el país que le plazca, bien sea porque no se pliegue a sus deseos o simplemente (¡simplemente!) para apropiarse de sus recursos naturales.
En medio de la incredulidad y el estupor, el mundo ha reaccionado. Claro que si bien una buena parte de los gobernantes, en especial aquellos a quienes Trump no ve con buenos ojos por atreverse a cuestionar su visión colonialista, salieron a condenar el belicoso accionar estadounidense y a exigir respeto por el derecho internacional, realmente preocupa el hecho de que otros países, entre ellos varias potencias, hayan reaccionado con “cautela”, diciendo que están “siguiendo de cerca y evaluando la situación”. Pese a que una y otra vez hacen alarde de un supuesto talante democrático, su postura ante el comportamiento nada democrático de la actual administración estadounidense transmite la idea de que dichos líderes tal vez están pensando no tanto en la dignidad de un país y el bienestar de su pueblo, sino más bien en cómo no importunar a su socio en la Casa Blanca, y de pronto también en cómo pescar en el río revuelto de la nueva crisis que este ha desatado en suelo venezolano.
Y sí, se trata de una nueva crisis, porque aunque sería ingenuo tratar de ocultar que antes del sábado el país ya atravesaba momentos difíciles, lo que acaban de hacer Trump y su nada brillante equipo de asesores y consejeros ha agregado ingentes dosis de incertidumbre, inseguridad e inestabilidad. Se respira miedo, las calles de las principales ciudades están casi vacías, y en los pocos comercios abiertos la gente está haciendo compras de pánico en previsión de escasez de alimentos y productos de primera necesidad. La mano negra de Estados Unidos, que acabó con Haiti, con Libia, con Irak y con Afganistán, ahora empieza a acabar con Venezuela.
El ataque a Venezuela y la retención ilegal de Maduro llegan apenas meses después del inicio de un aterrador despliegue militar estadounidense en el Mar Caribe, supuestamente con la intención de luchar contra el tráfico de narcóticos, tráfico en el que, bien es sabido, Venezuela tiene una participación mínima, y más como escala que como fuente. La excusa de querer acabar con el supuesto “Cartel de los Soles” es poco menos que patética.
Pero de un momento a otro, esa “lucha contra las drogas” cambió de enfoque, y los militares estadounidenses que dizque estaban jugándose la vida para proteger a sus ciudadanos de los narcóticos que Venezuela ni produce ni exporta empezaron a aplicar un bloqueo naval para impedir el comercio de su petróleo, y, poco después, entraron a “confiscar” petroleros cargados con este, cuyo destino ahora está en manos del presidente de Estados Unidos, como lo está, según lo afirmó él mismo, la infraestructura petrolera de ese país bajo cuyo suelo están las mayores reservas mundiales del recurso.
El cinismo de Trump repugna e inquieta. En su triunfalista presentación de la acción guerrerista no mencionó ni una sola vez la palabra “democracia”, pero en cambio sí dijo “petróleo”, y lo hizo más de veinte veces. Eso, más la confesion descarada de que las petroleras estadounidenses se harán cargo de las refinerías venezolanas y las pondrán a “reportar ganancias” despejan por completo cualquier duda que pudiera haber sobre las motivaciones reales de la tal “lucha contra el narcotráfico venezolano”.
Pero aparte de esto, y aún más preocupante, es que Trump ha subido el tono de sus amenazas contra países como México y Colombia, hablando de ellos como si fueran un estado estadounidense más y, en el caso de Gustavo Petro, el presidente que en 2022 los colombianos eligieron para gobernarlos, advirtiendo que está dispuesto a ir por él de la misma forma que fue por Maduro, acusándolo, como siempre sin pruebas, de producir y traficar las drogas que los estadounidenses compran y consumen con tanta avidez.
Por estrambótico que parezca, da la impresión de que en este momento la única garantía de seguridad para un país cercano o relativamente cercano a Estados Unidos es prometer obediencia al mandatario norteamericano. Por el contrario, exigir respeto por la soberanía nacional y apego al derecho internacional convierte a un Gobierno en su “enemigo”, y, por extensión, en objetivo militar. Es la ley de la selva, la ley del más fuerte. Por lo visto, no estaría de más que Canadá y Dinamarca tomaran algunas precauciones adicionales.
A Latinoamérica y el Caribe les ha costado décadas de sufrimiento y esfuerzo dejar de ser el “patio trasero” de Estados Unidos, y hoy, a punta de aranceles y bombazos, Donald Trump quiere anular esos progresos y volver a sumir a la región en el atraso y el subdesarrollo. La idea que flota en el ambiente hoy es que quien no tenga los medios militares para hacer frente a Estados Unidos no tiene más opción que acceder a los deseos de su presidente.
De hecho, el propio Trump habla sin sonrojarse de la “supremacía de Estados Unidos en el hemisferio occidental” y con el mismo tono desfachatado anuncia que va a “administrar a Venezuela”. Sin haber dado hasta ahora mayores muestras de saber muy bien qué es lo que está haciendo al frente del propio Estados Unidos, cuesta trabajo imaginar cómo va a administrar otro país, uno que, además, no le pertenece, un Estado soberano.
La imagen de Estados Unidos como supuesto adalid de la democracia y la justicia se sigue desmoronando a la misma velocidad que lo hacen la popularidad y la aceptación de Trump en su país y en su propio electorado. Y así de rápido también, el mundo como lo conocemos va dejando de existir. El hombre que llegó a la presidencia estadounidense prometiendo concentrarse en la solución de los problemas supuestamente heredados de la administración anterior y nunca volver a involucrar a sus fuerzas militares en conflictos más allá de sus fronteras... mintió, y hoy tanto Estados Unidos como el resto del mundo están peligrosamente a merced de los caprichos de un gobernante que no se cansa de demostrar que lo que pase con ambos le trae sin cuidado. Todas estas acciones no encajan muy bien en la hoja de vida de alguien que aspira a ganar el Premio Nobel de la Paz.
Hoy, en estos momentos en que reinan el miedo y la incertidumbre, es más urgente que nunca que prevalezcan el derecho internacional y los principios de la Carta de la ONU, que se hagan las reformas necesarias para que el sistema de gobernanza global sea más justo y equitativo y no esté en manos y al azar de los caprichos de quien posea el arsenal más poderoso, y que el mundo se una en torno a quienes verdaderamente defienden la paz y la justicia, pues de ningún modo se puede permitir un regreso a los tiempos y las formas de la nefasta doctrina Monroe, ni mucho menos la instauración de una “doctrina Donroe”.
El autor es máster en Política Internacional de la Universidad de Fudan (Shanghai) y se ha desempeñado como periodista en diferentes medios oficiales chinos.















