| spanish.china.org.cn | 07. 01. 2026 | Editor:Eva Yu | ![]() |
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¿Es la “Doctrina Donroe” la versión moderna de la Doctrina Monroe?
Foto: Xinhua
Por Yan Liming
A inicios de 2026, la operación militar Resolución Absoluta estremeció al mundo. En la madrugada del 3 de enero, un comando de fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos asaltó el palacio presidencial de Venezuela; aprehendió al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, y los trasladó a Estados Unidos para enjuiciarlos. En la rueda de prensa celebrada posteriormente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró de manera ostentosa que “bajo la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, los Estados Unidos se asegurarán de que el dominio estadounidense en el hemisferio occidental no vuelva a cuestionarse”. Con esta acción, Estados Unidos colocó de forma oficial una nueva etiqueta a su política para el hemisferio occidental: la “Doctrina Donroe”.
Este concepto, que fusiona el nombre de Trump (Donald) con la Doctrina Monroe de la historia de Estados Unidos, ha pasado a ser rápidamente la palabra clave para entender la estrategia estadounidense hacia América Latina. Al remontarse a la historia, desde la proclamación de Monroe en 1823 hasta la práctica actual de la “Doctrina Donroe”, a lo largo de doscientos años, el afán de Estados Unidos por controlar su “patio trasero” se mantiene constante, sin haber desaparecido. No obstante, bajo la consigna de “Estados Unidos primero” de Trump, y en combinación con el hecho emblemático de haber controlado por la fuerza a Nicolás Maduro, no es difícil advertir que la “Doctrina Donroe” no es una simple reedición de la Doctrina Monroe, sino que es una mutación de la estrategia que Estados Unidos pone en marcha en el nuevo siglo, a saber, más agresiva, de carácter abiertamente utilitaria y sustentada sin reservas en el uso unilateral de la fuerza.
I.-Continuidad del núcleo estratégico: mantener el control absoluto de Estados Unidos sobre el hemisferio occidental
Para entender la “Doctrina Donroe”, primero es imprescindible remontarse a la esencia de la Doctrina Monroe. En 1823, el entonces presidente de Estados Unidos, James Monroe, pronunció su mensaje sobre el Estado de la Unión, en el que resumió el sistema de políticas de Estados Unidos hacia América Latina; su contenido central, que se sintetiza como un “sistema americano” en donde “no hay intervenciones mutuas” y “se prohíben nuevas colonizaciones”, proclama que “América es la América de los americanos”. Esta expresión ha sido entendida en mayor medida como “América es la América de los estadounidenses”. La Doctrina Monroe, al definir al hemisferio occidental como una zona de intereses especiales de Estados Unidos, proporciona una base teórica para posteriores intervenciones y expansiones estadounidenses en la región. La Doctrina Monroe no es inmutable, sino que, con el crecimiento del poder nacional de Estados Unidos, ha sido reinterpretada y reforzada de manera constante: la Doctrina del “Destino Manifiesto” de mediados y finales del siglo XIX otorgó un ropaje de legitimidad a la anexión de Texas y a la apropiación de vastos territorios en la guerra entre Estados Unidos y México; a comienzos del siglo XX, el Corolario de Roosevelt se convirtió en el fundamento político para la intervención activa de Estados Unidos en los asuntos internos de los países latinoamericanos. Desde entonces, Estados Unidos llevó a cabo múltiples invasiones militares e intervenciones en países como Cuba, República Dominicana y Nicaragua; durante la Guerra Fría, la Doctrina Monroe fue dotada de un marcado carácter anticomunista, y Estados Unidos consideró la expansión de la influencia de la Unión Soviética en América como un desafío fundamental a la Doctrina Monroe. Aunque el contenido de la Doctrina Monroe ha experimentado cambios en distintos períodos, su núcleo estratégico se ha mantenido hasta el día de hoy, esto es, considerar de manera firme e inquebrantable al hemisferio occidental como la esfera absoluta de influencia de Estados Unidos.
En su primer mandato Trump elogió ampliamente la Doctrina Monroe. En septiembre de 2018, Trump, al pronunciar un discurso en la 73.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, afirmó: “Desde que se estableció la Doctrina Monroe, la política exterior oficial de Estados Unidos ha sido rechazar la injerencia extranjera en el hemisferio occidental”. La “Doctrina Donroe” hereda por completo el núcleo estratégico de la Doctrina Monroe. En la conferencia de prensa posterior al control forzado de Nicolás Maduro, Trump declaró de manera franca que “la Doctrina Monroe fue en su momento muy importante, pero la olvidamos. Sin embargo, ahora no la volveremos a olvidar”. Esto proclama claramente la reafirmación y el reforzamiento del dominio de Estados Unidos sobre el hemisferio occidental. Tal como señala la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, su objetivo es “restablecer la posición hegemónica de Estados Unidos en el hemisferio occidental”, y la operación de control forzado de Maduro constituye precisamente la rápida materialización de la nueva estrategia de la Administración Trump. Cabe destacar que la elección de ejecutar la operación en el 36.º aniversario de la captura del exlíder panameño Manuel Noriega por parte del ejército estadounidense no carece de simbolismo; su significado resulta evidente, y apunta a advertir a todo aquel país latinoamericano que desafíe su autoridad.
Esta continuidad se manifiesta también en la exclusión de las fuerzas extrarregionales. La Doctrina Monroe tuvo como objetivo resistir a Europa, mientras que la “Doctrina Donroe” apunta directamente a China, Rusia y otras potencias emergentes. La Administración Trump consideró la inversión y la cooperación de China en América Latina —como el Canal de Panamá, el puerto de Chancay y el canje de divisas China-Argentina— como amenazas a los intereses fundamentales de Estados Unidos. El secretario de Estado, Marco Rubio, exageró al afirmar que “el Canal de Panamá ya ha caído en manos de China” y amenazó con adoptar medidas duras para recuperar el control. Todo ello demuestra que la “Doctrina Donroe” sigue defendiendo un orden unipolar caracterizado por la hegemonía exclusiva de Estados Unidos.
II.-Variación en los medios de implementación y estilo de acción: del “hegemonismo implícito” al “saqueo explícito”, del “equilibrio basado en reglas” a la “coerción por la fuerza”
Aunque el núcleo estratégico sea el mismo, la “Doctrina Donroe”, en cuanto a medios de implementación y estilo de acción, ha experimentado una profunda mutación respecto a la Doctrina Monroe, puesto que muestra un carácter claramente personal de Trump y rasgos distintivos de la época.
1. Del “hegemonismo institucional” al “saqueo utilitario"
La Doctrina Monroe tradicional solía depender de un conjunto relativamente implícito de “hegemonía institucional” para mantener su poder. Estados Unidos, mediante la creación de instituciones regionales como la Organización de Estados Americanos, así como proporcionando ayuda económica, apoyando a regímenes proestadounidenses y llevando a cabo una penetración cultural, construyó un orden regional en el que Estados Unidos ocupa la posición de “hegemón”. Incluso al llevar a cabo intervenciones militares, como la invasión de Panamá, posteriormente tiende a establecer gobiernos de transición reconocidos internacionalmente, manteniendo la apariencia de justicia procesal. Hoy, frente a Venezuela, la “Doctrina Donroe” adopta sin reservas la forma desnuda de “control forzado”. La política exterior de Trump ha sido descrita como “hegemonía flexible”, cuyo núcleo consiste en “tomar como base los intereses nacionales y como medio el unilateralismo selectivo”. En el caso de Venezuela, este carácter utilitario queda al desnudo sin lugar a dudas. Su objetivo central apunta directamente a la riqueza petrolera de Venezuela. Trump declaró públicamente que permitiría que “la mayor compañía petrolera del mundo ingrese al país e invierta miles de millones de dólares”, y que la esencia de hacer que Venezuela “sea grande otra vez” es lograr que sus recursos petroleros sirvan a los intereses de Estados Unidos. Este tipo de declaraciones, que equiparan directamente los recursos nacionales con un botín de guerra, superan cualquier disfraz que haya usado previamente cualquier administración estadounidense en su política hacia América Latina. Tal como señaló el académico Matias Spektor, de la Fundación Getúlio Vargas en Brasil, esto constituye un “camino depredador”, es decir, renunciar a la negociación diplomática y forzar a los países americanos a someterse mediante amenazas unilaterales.
2. Del equilibrio basado en reglas al uso prioritario de la fuerza
En la época de la Doctrina Monroe, si bien Estados Unidos no dejaba de aplicar el uso de la fuerza, por lo regular buscaba cierto velo legal y moral. Pero la “Doctrina Donroe” refleja un desdén extremo por el derecho internacional y los mecanismos multilaterales, así como una admiración extrema por la fuerza. La operación para aprehender a Maduro se llevó a cabo sin autorización de la ONU, e incluso sin la aprobación completa del Congreso de Estados Unidos; más importante aún, la administración Trump normalizó e instrumentalizó la amenaza militar. El ejército estadounidense incrementó significativamente sus despliegues militares en el Caribe, atacó en múltiples ocasiones barcos venezolanos y constituyó una “fuerza conjunta expedicionaria”, mientras que el propio Trump amenazó con realizar ataques militares transfronterizos contra los cárteles de la droga mexicanos. Toda esta lógica de “paz basada en el poder”, bajo el marco de la “Doctrina Donroe”, se simplifica en disuasión por la fuerza y acciones preventivas. Según el investigador Ryan Berg, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), la visión de Trump sobre el hemisferio occidental es radicalmente diferente, considerándolo una extensión del “Estados Unidos primero”. Esta dependencia de la fuerza hace que la “Doctrina Donroe” sea más opresiva e impredecible que su predecesora.
3. La mutación ideológica y el bullicio populista
Históricamente, la Doctrina Monroe suele combinarse con narrativas ideológicas que promueven la “democracia” y la “libertad”. La “Doctrina Donroe”, en cambio, ha perdido casi por completo este velo idealista, que ha sido reemplazado por un populismo al desnudo. En los discursos de Trump, se menciona muy poco el restablecimiento de la democracia en Venezuela, y se enfatizan más temas que afectan directamente su situación electoral interna, como “cortar el flujo de drogas” y “detener la migración”. La profesora Britta H. Crandall, del Davidson College, señaló en una entrevista que la Administración Trump no tiene como objetivo la estabilidad a largo plazo en América Latina, y que su política hacia la región sirve en gran medida a la agenda política interna; cuando los flujos migratorios y el problema del fentanilo se convierten en noticia, América Latina se convierte en el foco. Este modelo de política exterior impulsada por la política interna hace que la “Doctrina Donroe” carezca de una planificación estratégica estable, y se asemeje más a una serie de acciones demostrativas adoptadas para satisfacer el sentimiento populista interno. Su apoyo a aliados de derecha, como el Gobierno de Javier Milei en Argentina, también se basa más en ideología y transacciones de corto plazo, y no en la construcción de un sistema de alianzas sólido. Este estilo contrasta de manera marcada con el modelo de construcción hegemónica de la época de la Doctrina Monroe, caracterizado por paciencia estratégica.
III.-La captura forzosa de Maduro: prácticas y dilemas inherentes de la “Doctrina Donroe”
La aprehensión de Maduro es la manifestación más concentrada de la “Doctrina Donroe”, y también revela sus contradicciones y dificultades internas. Esta operación muestra la “astucia” de la estrategia estadounidense bajo la “Doctrina Donroe”. A diferencia de las ocupaciones totales al estilo de Afganistán o Irak, la administración Trump parece tender a intervenir directamente primero y gobernar indirectamente después, puesto que así evita caer en el pantano de una ocupación directa. En la conferencia de prensa, Trump declaró que no librará guerras sin fin, que no realizará cambios de régimen en el sentido tradicional, y que mucho menos llevará a cabo la construcción del Estado en Venezuela. Esto refleja el lado de contracción estratégica de su “hegemonía flexible”, con el objetivo de alcanzar el máximo control de intereses al mínimo costo. Que el ejército estadounidense haya podido controlar por la fuerza tan rápidamente al líder venezolano Maduro y trasladarlo al territorio estadounidense podría indicar la existencia de colaboradores dentro del alto mando venezolano; esto podría tratarse de una transición política negociada, respaldada por operaciones de inteligencia y el intercambio de intereses de Estados Unidos, lo que revela el lado pragmático de la “Doctrina Donroe”.
No obstante, esta acción también destaca una miopía estratégica y una crisis de legitimidad de la “Doctrina Donroe”. Ya sea mediante la toma directa o la búsqueda de un gobierno títere para gestionar la Venezuela posterior a Maduro, constituye una prueba evidente de la “injusticia” de las acciones de Estados Unidos. La actitud ambigua de la Administración Trump hacia las distintas fuerzas políticas dentro de Venezuela y su posible control harán que la futura reconstrucción política de Venezuela esté llena de inestabilidad. El desdén extremo de Trump por la soberanía y dignidad de los países latinoamericanos —como la amenaza de que “deben cooperar con Estados Unidos, de lo contrario enfrentarán consecuencias”, o incluso al acusar directamente al presidente de Colombia de “producir cocaína”— puede, a corto plazo, intimidar a los gobiernos latinoamericanos, pero a largo plazo provocará un sentimiento antiestadounidense más amplio en la sociedad latinoamericana.
En resumen, la “Doctrina Donroe” imita a la Doctrina Monroe, pero no es una réplica, sino una actualización cargada de un aire peligroso. Hereda el gen estratégico de la Doctrina Monroe de “delimitar las esferas de influencia”, pero sobre esa base desarrolla una forma más agresiva, más utilitaria y más dependiente de la fuerza, marcando la transformación de la política estadounidense en el hemisferio occidental: de una “hegemonía implícita” que contaba con ciertas reglas y un velo ideológico, a una “potencia visible” caracterizada por la fuerza unilateral y la coerción económica.
En el futuro, la “Doctrina Donroe” constituirá un desafío severo para el orden internacional: los principios básicos del derecho internacional, centrados en la Carta de las Naciones Unidas, están siendo pisoteados abiertamente, y los principios de “igualdad soberana” y “no intervención en los asuntos internos” quedan vacíos de contenido. Para los países de América Latina, un vecino del norte más agresivo y más impredecible está estrechando su espacio de autonomía estratégica.
La Doctrina Monroe ha experimentado un siglo de existencia, durante el cual enfrentó varias resistencias de los países latinoamericanos; desde la política del garrote hasta la diplomacia vecinal, su contenido y sus modos de implementación fueron ajustados en múltiples ocasiones, pero la actual “Doctrina Donroe” claramente ya ha mutado. En la época actual de profunda globalización, la “Doctrina Donroe” es, en esencia, una lucha ansiosa de Estados Unidos para mantener su hegemonía en el hemisferio occidental, frente a la relativa disminución de su poder y la tendencia hacia la multipolaridad del orden global. Intenta aplicar la lógica hegemónica del siglo XIX a la compleja realidad del siglo XXI, cuyo resultado probablemente será contrario a lo esperado. No solo no logrará un control a largo plazo, sino que además despertará y fortalecerá la conciencia de autonomía estratégica en América Latina. Esto acelerará, en consecuencia, la formación de un nuevo orden en el hemisferio occidental más igualitario, que Estados Unidos no podrá dominar unilateralmente. La lógica de la era colonial y del imperialismo se ha quedado obsoleta, y cualquier política que vaya en contra de la corriente histórica difícilmente podrá escapar al destino del fracaso.
El autor es investigador en prácticas de la Academia de Estudios de China Contemporánea y el Mundo













