| spanish.china.org.cn | 19. 09. 2025 | Editor:Elena Yang | ![]() |
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Un vínculo duradero entre trabajadores chinos y prisioneros de guerra aliados
En octubre de 1992, un antiguo prisionero de guerra escribió al Consulado General de Estados Unidos en Shenyang, situado en la provincia de Liaoning, al noreste de China. En su carta señalaba el sufrimiento que padeció en el campo de Mukden durante la Segunda Guerra Mundial y expresó su deseo de volver a visitarlo. Pero, ¿dónde estaba exactamente? En aquel momento, nadie lo sabía. Tras la rendición incondicional de Japón, casi todos los registros y documentos sobre su existencia fueron destruidos y su ubicación exacta siguió siendo un misterio durante muchos años.
Tras recibir la misiva, Yang Jing, entonces asistente consular, inició una búsqueda minuciosa y, un año más tarde, identificó el sitio en el distrito de Dadong.
En 2007 comenzaron las obras de restauración del lugar y en 2013 abrió oficialmente al público.
Tras el incidente del 18 de septiembre de 1931, el noreste de China devino una base de producción para la guerra de agresión japonesa. A medida que este ampliaba sus frentes de batalla, la escasez de mano de obra se agudizó. El ejército japonés explotó tanto a prisioneros de guerra —principalmente del Reino Unido y Estados Unidos— como a los civiles y a soldados chinos capturados, obligándolos a trabajar.
Japón estableció 18 campos de prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial, 8 en su propio territorio y 10 en los ocupados. Las instalaciones de Shenyang son los más intactos hasta la fecha.
En 1942, los japoneses trasladaron a Shenyang a los prisioneros con conocimientos en mecánica y fabricación, tomados en las operaciones del Pacífico. Fueron encarcelados en el campo y enviados a fábricas gestionadas por japoneses como mano de obra forzada para hacer frente a la falta de personal y recursos debido a los constantes despliegues de tropas y la expansión de las hostilidades.
Entre noviembre de 1942 y agosto de 1945, el sitio albergó a más de 2000 reos, entre ellos estadounidenses, británicos, australianos, holandeses, canadienses, neozelandeses y singapurenses.
Prisioneros de guerra rescatados en agosto de 1945. (Foto cortesía del Museo Histórico 9.18 de Shenyang)
El mayor británico Robert Peaty fue uno de los primeros recluidos en el centro. Después del conflicto, recopiló y amplió su diario, en el que describía con detalle los castigos infligidos por los guardias japoneses.
«Nos colocaban un cuenco con agua sobre los brazos extendidos. Si se derramaba una gota, nos golpeaban con una vara de mimbre o con la vaina de una espada. A veces nos obligaban a arrodillarnos con las manos sobre la cabeza. Si nos movíamos, nos golpeaban sin piedad en las piernas», relató.
En 2007, el exprisionero Robert Brown volvió el lugar y calificó la experiencia de «absolutamente espantosa».
«La comida era poca, los medicamentos casi inexistentes y el frío insoportable. La gente moría una tras otra. Con temperaturas de entre -30 y -40 °C, el suelo estaba demasiado helado para cavar tumbas, por lo que los cadáveres se guardaban en una cabaña hasta la primavera», contó.
Los prolongados abusos y las duras condiciones provocaron una tasa de mortalidad del 16 %, muy superior a la de la mayoría de las demás instalaciones de su tipo.
Los reclusos también cargaban con un gran sentimiento de culpa. Forzados a producir para la maquinaria bélica japonesa, temían que su labor se utilizara contra sus propios países. Incluso bajo un estricto control, encontraron formas de resistir saboteando productos o causando incendios en las fábricas.
Durante casi 3 años de cautiverio, estos soportaron el hambre, las enfermedades y la crueldad. En aquellos tiempos oscuros, su único consuelo eran los trabajadores y aldeanos chinos que, a pesar de sus propias penurias, les ofrecían asistencia.
Tres estadounidenses lograron escapar el 21 de junio de 1943 con la ayuda de Gao Dechun.
Gao había visto una vez al prisionero Joe Bill Chastain sacar un mapa del cajón de un oficial japonés. Al darse cuenta de que planeaba su fuga, Gao compró discretamente otro mapa en el mercado con su propio dinero y lo volvió a poner en el cajón para no levantar sospechas. Sin embargo, tras 11 días huyendo, Chastain y los demás fueron apresados y el 31 de julio ejecutados. Como Gao había laborado junto a Chastain, los japoneses sospecharon de su participación. Fue arrestado, torturado y finalmente condenado a 10 años de prisión por actividades contra Manchukuo y contra Japón.
Gao permaneció encerrado hasta la rendición de Japón en 1945, cuando finalmente fue liberado.
El ex prisionero de guerra Harold Bell Carter [u1] regresa a Shenyang en septiembre de 2005 con una foto de su amigo chino para finalmente encontrar a sus descendientes. (Foto cortesía del Museo Histórico 9.18 de Shenyang)
El número «266» aludía al prisionero estadounidense Neil Gagliano. A unos 10 metros de distancia trabajaba un aprendiz llamado Li Lishui, que solo recordaba su número pero no su nombre. Cada vez que Gagliano lo veía, le sonreía, un gesto que dejó una impresión duradera en el joven.
Un día, unos pepinos se cayeron de un carrito de verduras que pasaba por allí. Li se dio cuenta de que 266 lo observaba. Recogió 2 pepinos y se los lanzó, este respondió con un gesto de «OK». Para un hambriento, ese fue un acto de bondad inolvidable.
Li casi había olvidado el episodio hasta que unos periodistas estadounidenses lo entrevistaron en 2002. Más tarde, Gagliano le envió una foto suya y una carta en la que revelaba su identidad.
Ge Qingyu, empleado de una fábrica japonesa, enseñó chino a los reclusos e incluso ayudó a uno de ellos, Roland Kenneth Towery, a sacar de contrabando neumáticos y cojinetes de eje que cambiaba por comida.
Tras su puesta en libertad, Towery visitó la casa de Ge, conoció a su esposa y a su hijo pequeño e intercambió recuerdos. Después de regresar a Estados Unidos, Towery trabajó como periodista, con puestos de responsabilidad en medios estadounidenses y hasta un Premio Pulitzer en 1955.
En 2005, año del 60.º aniversario del triunfo de la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa y la Guerra Antifascista Mundial, el Gobierno de Estados Unidos condecoró a Li Lishui, Gao Dechun y Ge Qingyu, por su valentía y humanidad al ayudar a los prisioneros estadounidenses en circunstancias que ponían en peligro sus propias vidas.














