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| spanish.china.org.cn | 21. 03. 2014 | Editor: Ara | ![]() |
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(SPANISH.CHINA.ORG.CN)- Rumores de apuñalamientos en Guangzhou, provincia de Cantón, provocaron el pánico entre los residentes la semana pasada, un día después de que una pelea con cuchillos entre vendedores de comida en Changsha, provincia de Hunan, dejara a seis personas muertas. El 14 de marzo, horas después de la violencia en Changsha, docenas de compradores en un atiborrado centro comercial en Chengdu huyeron despavoridos debido a rumores de que algunas personas estaban acuchillando a otras. Aparentemente, la gente estaba con los nervios de punta después del ataque con cuchillos en Kunming, provincia de Yunnan, donde fueron asesinadas 29 personas y 140 más resultaron heridas hace dos semanas.
Un buen ejemplo de cómo podemos ser engañados con ilusiones colectivas por rumores es el caso de la “epidemia de fisuras en el parabrisas”. En 1954, los propietarios de autos en Seattle, en el estado de Washington, empezaron a notar fisuras en sus parabrisas, lo que los llevó a creer que eran obra de un agente causal. Los residentes y la prensa empezaron a atribuir las fisuras a todo: desde huevos de pulga hasta pruebas de bombas nucleares. La policía pensó en un principio que eran obra de vándalos que utilizaban pistolas de aire comprimido. Sin embargo, como el fenómeno fue observado en pueblos cercanos y eventualmente en el área metropolitana de Seattle, se hicieron más y más reportes telefónicos y los diarios empezaron a hablar de la historia.
Varias teorías para los daños fueron postuladas, incluyendo el hecho de que un nuevo radio transmisor de la Marina estaba produciendo ondas que causaban que los parabrisas se sacudieran. Las especulaciones incluyeron rayos cósmicos, un cambio en el campo magnético de la tierra y criaturas sobrenaturales. Sin embargo, después de que el sargento Max Allison del laboratorio criminal de la policía de Seattle dijera que los informes de las fisuras consistían en “5 porciento vandalismo y 95 porciento histeria colectiva”, el fenómeno repentinamente cesó.
Una investigación posterior determinó que las fisuras siempre habían existido y que eran el resultado de eventos mundanos, tales como el desgaste ordinario, pero que no habían sido detectadas. A la víspera de los rumores, estimulados por unos cuantos casos iniciales amplificados por los medios, los residentes empezaron a observar los parabrisas, en vez de mirar a través de ellos y vieron los daños que nunca antes habían notado.
Sin embargo, el encanto de estos cuentos de hadas es que narran historias que el público está preparado para escuchar y temer. El incidente de 1954 llegó en un momento de ansiedad entre los estadounidenses debido a las pruebas nucleares, cambios mundiales y conspiraciones soviéticas.
De acuerdo al psicólogo David Myers, tenemos un miedo irracional por aquellas cosas que cobran vidas en racimos. Fumar mata a 1, 200,000 chinos anualmente y el dióxido de carbono parece que será la mayor arma de destrucción masiva, pero los ataques terroristas nos asustan más.
Se nos dicen, pero no nos conmueven, las estadísticas que muestran que la parte más peligrosa de viajar en avión es el trayecto al aeropuerto. Así que tememos los viajes en avión después de que un avión al azar desaparece.
No obstante, según Myers, nuestros miedos frecuentemente están fuera de sincronía con los hechos. El Consejo de Seguridad Nacional estadounidense informó que en la última mitad de los 90, los estadounidenses eran, milla por milla, 37 veces más propensos a morir en un accidente de tráfico que en un vuelo comercial.
¿Cómo se comparan los riesgos comunes a tus riesgos de perecer en un ataque terroristas? Intenta calcular esas probabilidades de un modo realista, señala Michael Rothschild, un antiguo profesor de negocios de la Universidad de Wisconsin, quien elaboró distintos escenarios. Por ejemplo, Rothschild se imaginó que si los terroristas destruyeran completamente uno de los 40.000 centros comerciales de Estados Unidos cada semana, la probabilidad de estar allí en el momento equivocado sería de una en un millón o más.
Rothschild calculó el riesgo de un viajero que toma cuatro vuelos cada semana, de morir como resultado de un ataque terrorista. Si los secuestradores conseguían destruir un avión al mes, alegó, este viajero frecuente tiene una oportunidad en 540.000 de ser asesinado. Un avión al año y el riesgo sería menos de uno en 6 millones. En contraste, el riesgo de perder la vida en un accidente de auto en Estados Unidos en cualquier momento es uno en 7.000, morir de cáncer uno en 600 y morir de enfermedades del corazón, una en 400.
Entonces, pregunta Myers, ¿tememos intuitivamente las cosas equivocadas?¿por qué los fumadores se inquietan al volar?,¿por qué tememos los crímenes violentos más que a las arterias saturadas?¿por qué tememos más al terrorismo que a los accidentes?
Myers sugiere cuatro influencias sobre cómo medimos los riesgos. En primer lugar, tememos lo que nuestros ancestros temieron, lo cual incluye el confinamiento y las alturas, y por consiguiente, volar.
Segundo, tememos aquello que no podemos controlar. Podemos controlar manejar, pero no volar.
Tercero, tememos lo que es inmediato. Nos es indiferente la toxicidad de fumar, porque vivimos más en el presente que en el futuro. Al mismo tiempo, los riesgos de manejar están difundidos a través de muchos momentos por venir.
Cuarto, tememos lo que está fácilmente disponible en la memoria. Piensa en los ataques con cuchillos y el vuelo 370 de Malaysia Airlines que contrastan con miles de viajes seguros en carro que han extinguido ampliamente nuestras ansiedades por manejar.
Las probabilidades no importan, escribe Myers. La mente humana tiene problemas comprendiendo las posibilidades infinitesimales de estar en un avión que será atacado. Aunque estas imágenes gobiernan, debemos temer al siguiente cigarro mucho más que ser acuchillados en Kunming.
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