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spanish.china.org.cn | 14. 04. 2026 | Editor:Teresa Zheng [A A A]

Europa y China se miran nuevamente gracias al "espejo español"

Palabras clave: China, España, Europa
Spanish.china.org.cn | 14. 04. 2026

Hoy en día, cuando se habla de España, muchos libros chinos de historia mencionan los galeones de Manila: la plata y la seda que cruzaron el Pacífico hace siglos. Sin embargo, muchos estudiosos posteriores consideraron esto solo como parte del intercambio material entre China y Europa, que implicaba principalmente el comercio.

Las personas que realmente forjaron una profunda conexión intelectual y espiritual entre China y España —y, por extensión, Europa— fueron los misioneros.

Si abrimos la voluminosa historia de las relaciones entre China y Europa, los misioneros españoles aparecen como algunos de los primeros exploradores. Hace siglos, cuando españoles como Diego de Pantoja surcaron los océanos hacia China, no se limitaron a presentar mapas estelares y relojes europeos a la corte Ming. Lo más importante es que transmitieron a Europa una imagen real y en detalle de China. A través de sus cartas y traducciones, los pensadores europeos construyeron una primera comprensión del Imperio del Medio.

Cuando el explorador y sinólogo español Juan González de Mendoza publicó “Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del gran reino de China” en 1585, causó sensación en el continente. A partir de esa época, Europa no solo «miró» a China; utilizó ese espejo lejano para reflexionar y criticar su propia sociedad. Fue precisamente en ese momento cuando inició el aprendizaje y la influencia mutuos entre Europa y China.

España ha sido un puente vital en este gran encuentro cultural desde el principio.

El perdurable nexo de Madrid es evidente incluso en la actualidad. Esto se hizo evidente en la prevalencia de autos eléctricos chinos como BYD y Lynk & Co, muy populares entre los ibéricos. MINISO, la marca de estilo de vida asequible, abrió su tienda más grande de la región en Madrid a finales de 2024.

Los expertos europeos y chinos suelen definir el lazo bilateral actual en términos de «volúmenes comerciales» o «complementariedad económica». El aceite de oliva español, el jamón ibérico y los productos agrícolas de primera calidad llegan ahora a las mesas chinas, mientras que los paneles solares y los vehículos eléctricos chinos fomentan la transición verde europea. Sin embargo, al igual que las cartas y los tratados de siglos pasados, el comercio actual —los coches y el jamón— no son más que nuevas fichas de intercambio. Tiende puentes sobre las divisiones geográficas y permite que dos culturas sigan percibiéndose en la vida cotidiana.

Hoy, en medio del auge chino y los desafíos que plantea, voces inquietas en Europa debaten a menudo sobre la «reducción de riesgos» y maniobras geopolíticas. En ese contexto, las sucesivas visitas de Sánchez a Beijing, junto con la nueva estrategia de España para Asia-Pacífico que enfatiza un diálogo reforzado con China, a veces se malinterpretan como un comportamiento inconformista.

Sin embargó, esto es precisamente lo que se transmite a los amigos europeos: el enfoque de España no supone en absoluto un alejamiento de Europa, ni es un intento de demostrar que Madrid tiene un mejor vínculo con Beijing que sus vecinos. Por el contrario, el pragmatismo y la apertura de España reflejan una corriente positiva y de larga data en las relaciones entre China y Europa que actualmente yace bajo el ruido político: la voluntad de reconocer la complejidad del otro, de resistir la tentación de desvincularse y de buscar el consenso y la resonancia vía la interacción.

La decisión de España de mantener un contacto frecuente de alto nivel y una cooperación pragmática con China viene impulsada por algo más que intereses comerciales a corto plazo, por muy esenciales que sean. Proceden de una comprensión histórica más profunda: China es una civilización vasta y compleja que merece atención y un esfuerzo continuo para entenderla. Este reconocimiento está arraigado en Europa, aunque en los últimos años ha quedado de lado por la rivalidad entre grandes potencias.

Del mismo modo, el pueblo chino posee un genuino interés por la cultura, la tecnología y la historia europeas, y el aprendizaje en estas áreas sigue siendo preponderante en la educación básica china. Muchas empresas locales aprenden de las tecnologías europeas. Ren Zhengfei, figura representativa de las firmas de alta tecnología y director ejecutivo de Huawei, ha recalcado en varias ocasiones la necesidad de centrarse en aprender de Europa las ciencias básicas, la investigación matemática y las normas y estándares rigurosos. Europa también ha devenido un destino clave para el turista chino.

Al trazar el futuro de los vínculos entre China y Europa, tal vez deberíamos mirar más allá de las mesas de debate de Bruselas y asomarnos al «espejo español».

Desde los diarios de viaje orientales escritos por misioneros hace siglos hasta los autos eléctricos que circulan hoy por Madrid, el núcleo de esta historia no cambia. La verdadera fortaleza de la relación entre Europa y China siempre ha provenido de una «visión mutua» curiosa e igualitaria. Su fundamento recae en siglos de curiosidad, observación y esfuerzos duraderos —aunque a veces el proceso de comprensión mutua sea lento y tortuoso.