Danzas con tambor de barro en las montañas Dayao
 
Los yaos son una de las etnias de China que tiene muchas ramas y está ampliamente distribuida. Pero como el 70% de ellos habitan en la región autónoma de Guangxi, la gente dice: “A ninguna montaña le faltan yaos al sur de Nanling (sistema de montañas en el sur de China)”.

Los yaos poseen una rica cultura y costumbres variadas. Para conocer a fondo sus danzas y tener una clara idea de las características de éstas, será necesario investigar las comunidades yaos desde las montañas Dayao en el norte hasta la costa de la bahía de Beibu en el sur.

Cada rama de yaos tiene nombre propio, y estos nombres suelen provenir de sus atuendos o lugares de comunidad. Por ejemplo, los yaos de la prefectura de Hechi se llaman “yaos de pantalones blancos” porque sus hombres usan estas prendas; a los de la prefectura de Qinzhou se los dice “yaos de gorros floridos” porque sus mujeres gustan de usarlos; y a los de la prefectura de Liuzhou se los llama “yaos de chaquetas azules” ya que tanto sus varones como hembras las tienen puestas todo el tiempo. Entre otras ramas hay “yaos rojos”, “yaos de la flor”, “yaos de la montaña”, “yaos Pan”, etc. Desde la dinastía Ming (1368-1644) habitan en el distrito de Jinxiu ubicado en el noroeste de Guangxi los “yaos de la montaña de árboles de té”, los “yaos de los valles”, los “yaos de la montaña”, los “yaos Pan” y los “yaos del cesto de flores”, así llamados por sus dialectos y vestidos diferentes y cuyos antepasado habían venido de otras provincias.

Desde tiempos lejanos, los yaos adoran a muchos dioses y creen que todas las cosas tienen alma. En el siglo II antes de nuestra, según datos históricos, la cultura de las planicies centrales de China empezó a llegar a las montañas Nanling, a la vez que los yaos aquí tomaron a Pan Hu, dios que abrió el cielo y la tierra, como fundador y protector de su etnia. Desde entonces, los yaos celebran la Fiesta del Rey Pan en la época de cosecha, ofreciéndole sacrificios en agradecimiento y pidiéndole favor para tener mieses y ganado abundantes en el próximo año.

Este año el sacerdote escogió la aldea Liuxiangcun en las entrañas de las montañas Dayao para celebrar la Fiesta del Rey Pan. Por la mañana temprano, tan pronto sale el sol, el lugar de la ceremonia está atestado de yaos Pan, yaos de la cesta de flores, yaos de la montaña de árboles de té y yaos de chaquetas azules y otros, llegados de todas las aldeas por invitación. Sus atavíos son exóticos y abigarrados. Aunque los hombres visten ya a manera de los hans actuales (chinos, grupo mayoritario de China), las mujeres siguen luciendo prendas y tocados peculiares, tan diferentes, vistosos y brillantes que añaden un ambiente festivo a las montañas verdes.

Cuando uno oye el retumbo de gongs y tambores en la lejanía y levanta la cabeza, descubre a una procesión de hombres portando estos instrumentos y cargando con imágenes de dioses asomándose por un caminito de montaña a la mitad del cielo y por entre las plantas verdes silvestres. Es la señal de que va a empezar la ceremonia de homenaje. Ahora los que están en la plaza buscan cada cual su lugar en ésta para la observación. En cuestión de unas chupadas de tabaco ya llega un grupo numeroso de yaos de los valles entre hombres y mujeres, quienes colocan en seguida una figura de madera de color nueva del Rey Pan, obra maestra del viejo jefe de su aldea, en la mesa principal de la ceremonia. Esta imagen, llena de viveza, mide un metro de alto, lleva un gorro de gasa negra, viste la ropa de funcionario roja de la dinastía Ming, y lleva una faja de jade prendida a la cintura, su gesto es serio y grave y sus ojos son brillantes, y de verdad parece ser un funcionario han.

El área al extremo norte de la plaza está dividida en el “mundo humano” y

el “lugar sagrado”, y dos puertas hechas de palos de bambú y llamadas “puerta de este mundo” y “puerta del mundo de más allá”, parecidas a las puertas de subida y bajada de un escenario de ópera de los viejos tiempos. Delante de la mesa donde está la imagen del Rey Pan, se ponen máscaras de madera de los dioses de la tierra, el trueno y la lluvia y de la Sra. Bai, la Sra. Alma, el puerco, el buey, el tigre y el oso, y delante de estas máscaras se ponen una cabeza de cerdo fresca y varillas de incienso encendidas.

Al mediodía, bajo el sol calcinante, los paisanos colocan manjares y vino de arroz en la mesa. En eso un sacerdote viejo encargado de la ceremonia se dirige a un tambor grande, desprende el barro ya seco que cubre las membranas de piel de éste, mira al sol y la sombra en el suelo y espera la hora buena para empezar. ¿Por qué se unta barro en las membranas del tambor? De eso hay una historia. Los yaos dicen “tambores largos” a los que están tapados de piel en los dos cabos y tienen la cintura delgada o gorda. Sin embargo, de estos tambores transmitidos de la antigüedad hay dos tipos: uno es pesado y gordo, al que los yaos lo llaman “tambor hembra”; y el otro es delgado y ligero que se usa para tocar y bailar y se lo llama “tambor macho”. Debido a que las membranas del “tambor hembra” son grandes y fácilmente se humedecen y se vuelven flojas, es necesario cubrirlas con barro para ponerlas tensas antes del uso. Con el tiempo, la gente le da a este instrumento el nombre de “tambor de barro”. En cambio, las membranas del “tambor macho” son pequeñas y basta con secarlas al sol en lugar de untarlas con barro.

El sonar repentino de los gongs, tambores y címbalos anuncian el comienzo formal de la ceremonia de homenaje.

Primero vienen cinco sacerdotes, uno con el “tambor hembra” y los otros con “tambores machos”, y bajo la conducción del que porta el “tambor hembra” todos tocan sus instrumentos y se dirigen al “lugar sagrado” a través de la “puerta de este mundo”. Tras dar vueltas a la mesa, los cuatro portadores de “tambores machos” empiezan a bailar la clásica y

solemne Danza con tambores largos alrededor del portador del “tambor hembra”. Los sacerdotes de “tambores machos” tocan, giran, brincan adelante y atrás y se encorvan con movimientos deslumbrantes. Estos tambores ligeros permiten cambios, flexibilidad y agilidad a la danza, dando origen a la forma de ésta en el escenario actual. En contraste, el “tambor hembra” es tan grande que uno difícilmente puede bailar con él. Por lo tanto, la gente inexperta piensa que sirve sólo para marcar ritmo y pocos ponen atención a distinguir los métodos de tocar éste y los otros tambores. En realidad el “tambor macho” se toca con los dedos y las palmas de ambas manos en las dos membranas laterales a ritmos y velocidades diferentes, haciendo sonidos claros, altos y agradables, y en cambio el “tambor hembra” se toca en una y la otra membrana por turno con una tablilla de bambú en la mano derecha y con la palma de la mano izquierda, para emitir sonidos bajos, fuertes y vigorosos de tonos variados. Al resonar en el valle, la música de tambores, de sonidos con matices y ritmos diferentes, parece ser una “sinfonía” poderosa entre dios y hombre que se cierne sobre la montaña.

Los yaos de los valles consideran que es necesario tocar los tambores machos y hembras al mismo tiempo en la Fiesta del Rey Pan para lograr que éste les dé amparo y prosperidad. Pero en la danza con tambor de barro desprendido el “tambor hembra” gordo es el centro y los “tambores machos” flacos se tocan y bailan en su rededor. Ambas formas reflejan el deseo de procrear de los ancestros de la humanidad en tiempos remotos. Sin embargo, en periodos históricos diferentes surgieron el culto sólo a la hembra gorda y el culto a la hembra y el macho al mismo tiempo. Aunque la Danza con tambores largos de los yaos de los valles actuales tal vez no tenga el objetivo de culto a la procreación, esta connotación cultural sí persiste en la Danza con tambor de barro.

(CIIC)

 
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